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Full text of "Jacobo Fijman - Obra poética y relatos"

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DICHOSO EL ARBOL 











JACOBO FIJMAN (Besarabia, 25 de enero de 1898 - Buenos Aires, 1 de 
diciembre de 1970) fue un poeta judeoargentino. Nace en Besarabia, en la actual 
Rumania, el 25 de enero de 1898. A principios del nuevo siglo emigra con sus 
padres a la Argentina donde se instalan en la provincia de Río Negro. 

Pese a ser uno de los escritores más distinguidos de toda la vanguardia 
argentina, sus creaciones han intentado silenciarse de diversas formas. La obra de 
Fijman puede dividirse en dos partes bien definidas y a lo largo de ella puede 
notarse una evolución clara; pasando de un registro de vanguardia hasta alcanzar 
una poesía con marcados rasgos místicos. El propio poeta vivió un cambio 
espiritual que lo llevó del descreimiento absoluto a la creencia cristiana. 

En 1917, luego de una residencia en la localidad de Lobos donde cursa sus 
estudios primarios, se traslada a Buenos Aires e ingresa en el profesorado de 
Lenguas Vivas y obtiene el título de profesor de francés. En 1921 ocurre la primera 
de sus internaciones en el Hospicio de las Mercedes. En esa época forma parte de 
la vanguardia literaria del grupo Martín Fierro, donde se vincula con Jorge Luis 
Borges y Oliverio Girondo. En 1926 publica su primer obra, el libro de poemas 
Molino Rojo. Ese mismo año viaja a París. Hacia 1930 se produce su conversión al 
catolicismo y publica su segundo libro: Hecho de Estampas. En 1931 aparece 
Estrella de la mañana, tercera y última obra de su producción. A lo largo de esa 
década viaja por el país ejerciendo oficios diversos, entre ellos el de violinista 
ambulante. En 1942 es internado nuevamente y definitivamente en el Hospicio de 
las Mercedes, con diagnóstico de psicosis distímica. Muere en 1970 en el hospital 
Borda. 



Las ilustraciones, dibujos a lápiz, y pasteles, son obras de Jacobo Fijman 






DICHOSO EL ARBOLÉ 





Jacob o Fijman 


Obra poética 1: 

Molino rojo. Hecho de estampas 



VISIONES DE FIJMAN 


«Demencia —comienza "Canto del Cisne" — : el camino más alto y más 
desierto». Son los primeros versos de Molino Rojo, el primer libro de Jacobo Fijman, 
pero este cisne se parece más al de Baudelaire imprecando al cielo (o al Albatros 
entre los muros del hospicio), que al de Rubén Darío que ya está muerto. Y no hay 
a quién llamar en este desierto donde se cambiaron las burlas por los electro- 
shocks y las quemaduras en el pico por unas groseras manos en el cuello. Sin 
embargo, primera paradoja, este canto que, se dice, remeda metafóricamente al 
ocaso del «genio» es el inicio de una de las obras más singulares de la poesía 
argentina. 

Singularidad que radica no sólo en la materia de sus imágenes, en la 
potencia de su poesía naturalmente sobrenatural, o en el destino de soledad que la 
enhebra con los giros dolorosos de su propia vida sino, y sobre todo, en la 
autenticidad que ese camino —el más alto— implicó para él mismo. Fijman es uno 
de aquellos horribles trabajadores que anunciaba Rimbaud, que llegan hasta 
regiones desconocidas para mostrarnos algo oculto, desapercibido, aunque sea una 
alucinada verdad. Y esta es la segunda paradoja: que la poesía, guiada incluso por 
la locura, y a pesar de ella, de su costo irremediable y de su padecimiento, puede 
acercarnos un poco más de realidad. 

No hay ningún equívoco en esto: Fijman es poeta a pesar de la locura y 
Molino Rojo —el antecedente natural, casi secreto, del surrealismo argentino— es el 
libro de ese vértigo; punto de encuentro de todas las visiones, del sarcasmo al que 
ha sido sometido por azar biológico, del horror de la noche encendida por lo 
absurdo, de la angustia de las apariencias que entornan lo real con sus máscaras 
desafinadas y grotescas. Frases fragmentadas, estados palabras en un ritmo 
giratorio, roto por lo visual —hasta los oídos están perforados de imágenes—, por 
una sensibilidad exasperada que encuentra naturalmente en la sinestesia la 
conciencia pánica, es decir, no sólo el ánimo de lo inanimado, sino las 
correspondencias, la fusión de los sentidos en el brote descarnado del mundo. 

Éste es el sub-cristal («Brilla el cristal de mi locura»), esa mirada desellada, 
sin párpados, que no puede dejar de ver —percepción pura—, que no puede dejar 
de oír, que no puede dejar de padecer su destino. Y esto es, pronto se lo 
comprende, también el sub-drama, la tragedia personal por debajo de la gran 



tragedia del mundo, de la humanidad expuesta a un dolor sin remedio, a una 
locura de la realidad que parece llover «sin latitud» desde un «silencio eterno». 

¿Podemos acaso llamar a esto irrealidad? Sí, si por realidad entendemos sólo 
el aspecto de las cosas que nos tranquilizan dentro de los campos o estructuras 
«normales», acotadas y socialmente aceptadas. Fijman, el poeta, lo sabe con una 
claridad que difícilmente podemos identificar con delirios psicóticos; en todo caso, 
lo comprende de una forma tan radical en sí mismo —«El Otro», «Cena», 
«Velada», por ejemplo, son poemas tan lúcidos— que es necesario dudar de los 
diagnósticos clínicos y otorgarle a él el valor de lo que dice acerca de su 
sufrimiento y de lo que su mirada muestra sobre nuestra realidad. 

Ahora bien, una realidad así —la de la desolación, la angustia, el pavor 
encarnado— debe ser transformada, y esta premisa es la que entrelineas nos hace 
descubrir lo que en su vida Fijman ha de resolver con un gesto fundamental e 
irreversible —podría agregar incomprensible para muchos de nosotros— después 
de una nueva crisis personal: su conversión al catolicismo. Resulta que el bautismo 
lava al espíritu, cura a partir de la creencia en la posibilidad de un cambio, promete 
mediante la fe, algo como una salvación, un consuelo y una responsabilidad 
indisociable de la entrega del alma, ya que convertirse significa, sobre todo, aceptar 
y ser ese crucificado que, en su sacrificio, redime al mundo. 

Esto será claramente comprendido en Estrella de la Mañana, el último libro 
por él publicado, en tanto que Hecho de Estampas —editado en esta época— aparece 
no sólo como el velado reflejo del giro que se ha operado en su vida sino como la 
prosecución del camino, solitario, que lleva a Jacobo Fijman desde la visión a la 
misión. Desde la perspectiva que nos dan los años transcurridos, la larga 
dedicatoria a sus viejos compañeros martinfierristas con la que se abre esta obra 
suena más a una despedida que a un homenaje. 

Se podría decir que Hecho de Estampas es una temporada en el purgatorio o el 
tiempo de la «adolescencia en Dios». Estación de la espera, donde la «noche 
obscura» sigue encerrada en los pasos pero en la que, a la vez, siente «venir el 
fresco gusto del alumbrar»; libro de cruce y de pasaje entre la vida eterna, 
prometida en la muerte, y la vida —prometida de la muerte— que deja atrás. 
Catorce estampas que, en un claroscuro bello y triste, como de sueño o de pintura 
religiosa, muestran el rastro de una nueva Pasión («Yo me veo colgado como un 
cristo amarillo sobre los vidrios pálidos del mundo» o «Dios pesa»), catorce 
cuadros de una exposición a la luz del dolor y la fe. Caer, cavar, bajar son los 
verbos que se suspenden en esta muerte. Sin embargo, ésta es ante todo un estado 



de vigilia, de espera, de ad-venimiento: la zona en que toman forma los símbolos 
de una esperanza recién nacida: «una escondida estrella arrima su sosiego». 

CARLOS RICCARDO 



MOLINO ROJO 


CANTO DEL CISNE 


Demencia: 

el camino más alto y más desierto. 

Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas. 
Roncan los extravíos; 
tosen las muecas 
y descargan sus golpes 
afónicas lamentaciones. 

Semblantes inflamados; 

dilatación vidriosa de los ojos 

en el camino más alto y más desierto. 

Se erizan los cabellos del espanto. 

La mucha luz alaba su inocencia. 

El patio del hospicio es como un banco 

a lo largo del muro 

Cuerdas de los silencios más eternos. 

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío. 


¿A quién llamar? 



¿A quién llamar desde el camino 
tan alto y tan desierto? 

Se acerca Dios en pilchas de loquero, 

y ahorca mi gañote 

con sus enormes manos sarmentosas; 

y mi canto se enrosca en el desierto. 

¡Piedad! 



ALDEA 


Mi blanca soledad 
— aldea abandonada. 

Revuelo de perezas 
sobre la torre de un anhelo 
que tañe sus horizontes. 

Pintadas negras de la desolación. 

Yunques abandonados y puentes solariegos. 
Se ha sentado el dolor como un cacique 
en el banquillo de mi corazón. 

Las lluvias estancadas de mis sueños 
se han cubierto de musgo. 

En el horno apagado del silencio 
mis frutos maduraron 
estérilmente. 

Perdí mi itinerario en el desierto. 
¡Hospedería triste de mi vida 
en donde sólo se aposentó el azar! 

En una pradería de cansancios 


balan estrellas mis ovejas grises. 



Lugarón sin destino; 
las calles andariegas 
beatas de mi ser 

son manos 

contemplativas 

que van perdiendo soles... 



BARRIO 


Barrio apartado; 

bandada de colores 

de las ventanas de las casas. 

Silencio cruzado de brazos 
ante la luna. 

Sobre los árboles 
embalsamados de cordialidad, 
aromadas de estrellas 
se trepan las callejas. 

¡Dulzura! 

Nada interroga. 

Se está y no se está en sí mismo 
muy limpio y ancho. 

Y todo es tan lejano y puro 

que una nueva inocencia nos consuela! 

¿He salido a buscar 

juguetes 

para los niños? 


Barrio apartado: 



paisaje de estampas y de estrellas. 



VISPERAS 


Toque de vísperas de fiestas. 
Presentimientos. 

Mi corazón es blanco de ternura. 
¡Solemnidad! 

Hablamos en voz baja. 

Un árbol canta como un niño 
piadoso 

todo blanco de estrellas. 


Mi corazón es blanco de ternura. 



MANANA DE SOL 


Tañía el sol sus llamas 

en los cántaros húmedos del viento 

de rocío y paisaje 

que alargaba el elástico sendero. 

Desentumecimientos. 

Carnes del trigo; 
espigas en mis manos. 

Jadean los aromas; 
temblequea cual besos los caminos. 
Silencios verdes de los bosques rojos 
apretados de gozo y alegría. 


¡Enloquece en mis ojos la mañana! 



OCASOS 


Ocasos turbios de violeta. 
Reliquias. Devociones. 

Caras amortiguadas. 

Nostalgias 

descoloridas. 

¡El mar se acoge en mis matices; 
cierra su boca atardecida y fría! 

El timbre de mis ojos 
esparce intimidad. 

Mi piedad de rodillas 

se arroba en los suspiros del ocaso 

(palomas de violeta) 


¡Mis manos palpan el color de misa! 



CREPÚSCULO 


Ponderan los ocasos gustos violetas. 

Un árbol negro, un árbol blanco, un árbol verde 
cuelgan sus blusas 
en la inmovilidad. 

Ha cerrado sus párpados el viento. 

Luces deshechas; 
pétalos estrujados 
en superposiciones. 


Ponderan los ocasos gustos violetas. 



CIUDAD SANTA 


Tres gritos me clavaron sus puñales. 
Paisaje de tres gritos 
largos de asombro. 

¡Bromearon los sudarios del misterio! 

Fuga de embotamientos; 

suspiros 

en la niebla inmovilizada. 

Cipreses. 

Bronce de los terrores 
informes, fragmentados. 

Mueren caminos 
y se levantan puentes. 

Un árbol se transforma 
cerrando sus pupilas. 

Caen medrosamente las palomas 

angélicas del sueño 

en las uñas heladas del espanto. 

Un infinito horror 


manaba en mis entrañas 



en un himno de muerte. 



TOQUE DE REBATO 


Agua de trinos 

manó de las gargantas estelares; 

nos lavaba la angustia 

el silencio concéntrico de los cielos lejanos. 

En un andar de media-luz volvían los caminos 
y un gran bosque de aromas 
tañía en las campanas de la aurora 
un himno de la vida. 



CÓPULA 


¡Nos unió la mañana con sus risas! 
En las rondas del sol 
canciones de naranjas. 

Danzas de nuestros cuerpos 
desnudos —rojo y bronce. 

El olor de la luz era sagrado: 
música de horizontes, 
espacio de paisajes 
rojo y bronce 
ruido de melodías, 
himno de soles, 
eternidad 

y abismo de la dicha 
en la alegría loca de los vientos. 
Canciones de naranjos 
en la piedad de los caminos. 
¡Todas las aguas del silencio 
rompimos en la danza! 


Dicha de los abrazos y los besos; 



toda la gloria de la vida 

en nuestros pechos 

jadeantes y ligeros; 

nuestros cuerpos: auroras y ponientes 

en la alegría loca de los vientos. 

¡El corazón del mundo en nuestra boca! 



VELADA 


Rumor de carreteras aflautadas 

en los alientos turbios de las miradas grises. 

Portazos; 

temblor de las vidrieras; cóleras destempladas. 

Aúlla el frío blanco; 

el suelo se ha caído de mis manos. 

Crucifijos en somnolencia. 

Marcha de retrocesos. 

¿Qué ruedas empujamos? 

Acordeones desafinados 
de mi sabrosa angustia. 

Aúlla el frío blanco 

cual los gritos helados de un espejo. 

Silencios enjugados en la nada; 
marchas muy bien envueltas, casi fijas. 
Almohadas que lloran desesperadamente; 
júbilos disonantes 
de huellas desgarradas; 


pasos atrás, deshechos 



en la inconciencia. 


Mi corazón es una estrella en sorna; 
canción de mis fogatas. 

Almohadas burlescas que sollozan 
desesperadamente. 

Aúlla el frío blanco 

cual los gritos helados de un espejo. 



TARDE VIOLETA 


Cae de bruces un silencio frío 
en el ocio violeta de la tarde. 
¡Perplejas añoranzas! 

Se tuercen las paredes de mi estancia. 
Ronronean las luces como gatos. 

El caserío soñoliento 
engrisa las campanas. 

El viento tiene los pies desnudos. 

Se ensordece la tarde 
arrastrándose, lentamente. 

¡Perplejas añoranzas! 


De reojo me miran los sarcasmos. 



EL VIAJERO AMARGADO 


Gris andurrial de la mañana. 

El mar descorcha sus botellas 
de vinos espumosos. 

Bailan como muñecos 

mis anhelos, oreados por los vientos; 

y vanse a pique sollozando, 

con las manos abiertas, distendidas. 

El mar embriaga mis sarcasmos 

—aguja de relojes negros, 

trasnochadores; 

conciencia amarga de la vida. 

Hastío. 

Zozobras. 

Gargantas temblorosas. 

De día en día 
preparo mis maletas; 
cambio los aires y las horas! 

Las grises estaciones me han dejado 


el silencio de sus faroles 



enfermos, de velorios; 


y los puertos sus guinches y sus barcos 
afiebrados de esclavos y bocinas. 

Se alargan las agujas de los relojes negros. 
Sarcasmos. 

Bailan mis muñecos, oreados por los vientos 
en el gris andurrial de la mañana. 



MORTAJA 


Por dentro; 
atrás el rostro. 

¡El pasado aniquila! 

¡Es en vano que encuentre una herradura 
en el estanque turbio de mi imaginación! 
El árbol ha cubierto de palomas 
mi soledad; pero es en vano. 

Desnudo 

siempre estoy como una llanura. 

Para buscar un cerro 
miro las multitudes. 

Estoy siempre desnudo y blanco; 

Lázaro vestido de novio; 
una mortaja viva 
entre el ayer eterno 
y el eterno mañana; 
una mortaja viva 
que llora en mi garganta. 



MÁSCARAS 


Sangró mi corazón como una estrella 
crucificada. 

Dolor; 

del sándalo purísimo del sueño 
trabajaron la balsa de mi vida. 

Amor 

hízome calles de esperanza 

que oprimieron tus manos de alegría. 

Sus máscaras de aromas pusiéronme los astros 
en las músicas negras que miran lentamente 
mi soledad de túnel olvidado. 

Y todavía el muelle 

de mi ser bosteza; 

yerra mi angustia 

dando vueltas y medias-vueltas 

como barricas. 

Hasta que al fin, se romperá algún día 
mi corazón, como un ladrillo. 

¡Sus máscaras de aromas me prenderán los astros! 



HAMBRE 


Vigilancia nocturna de arboledas 
constantes 

en una interminable perspectiva 
rasada de canciones 
desmesuradas. 

Se engancha hondamente a mi ternura 
la sangre de los astros; 
se llenan mis bodegas con el vino 
de la expansión; 

se cubren mis graneros con los granos 
de Dios. 

Es muy ancho el sombrero de la noche 
puesto sobre el paisaje. 

Hacen alegre ruedo 
taifa de vientos peleadores 
de dientes amarillos. 

Perpetuo insomnio 
mis pasos olfatean 


como perros 



un lobo imaginario 
guardando los apriscos. 
Cenas del hambre. 
Recogimiento bufonesco 
salado de idiotismo: 
voz de falsete 
en francachela corpulenta. 



RÉQUIEM 


Olores de amarillo. 

Aliso de silencios 
cual colgaduras tiesas 
en la flor negra de mi estancia. 
Sonrisa azul y blanca. 

Gritos desesperados de los trenes 
que doblan imprevistos horizontes 
de lluvias y de fríos. 

Otoño 

—taburete desolado; 
tabaquera de días rubios, 
lánguidos y descalzos 
y oscuras tardes de Rosario. 

Un rebullir de sillas me despierta; 


sabor de infancia; olores de amarillo. 



SUB-CRISTAL 


Zarpas monótonas 
amarillentas de las horas 
de Otoño, 

en las cifras muy lentas de mi hastío. 
Tonalidades; 

respuestas y llamadas de motivos 
en una discordancia de apariencias. 

Brilla el cristal de mi locura. 
Efervescencias bruscas; 
ojos endemoniados de un molino 
junto al enorme zueco 
de una carreta que relincha. 

Cascan mis dientes piedras de blasfemia. 



EL «OTRO» 


Tarde de invierno. 

Se desperezan mis angustias 
como los gatos; 
se despiertan, se acuestan; 
abren sus ojos turbios 
y grises; 

abren sus dedos finos 
de humedad y silencios detallados. 
Bien dormía mi ser como los niños, 
y encendieron sus velas los absurdos! 
Ahora el Otro está despierto; 
se pasea a lo largo de mi gris corredor, 
y suspira en mis agujeros, 
y toca en mis paredes viejas 
un sucio desaliento frío. 

¡La esperanza juega a las cartas 
con los absurdos! 

Terminan la partida 


tirándose pantuflas. 



Es muy larga la noche del corazón. 



FERIA 


Organillos de misa; hacinamientos; 
sacos de gritos de la mañana. 

En lentitud confusa 

sorda algazara de las obsesiones. 

¡Las máscaras estúpidas 
de los atormentados! 

Rasguños en el quicio de la puerta 
por la luz más intensa. 

Bosque de soledades. 

¡Esta es la pausa 
más nueva de mi vida! 

Mantas de fuego 
sobre los agrios soplos 
de mi locura. 

Feria maligna de rostros tostados; 
un estanque de tiempos. 

¡Máscaras en la luz más Intensa y más sorda! 


Agrios soplos de la locura. 



VÍSPERAS DE ANGUSTIA 


Atmósferas de marasmo despedazan mis ademanes. 
Pasos furtivos 

en los malditos huecos de mi ser; 
desolaciones alteradas. 

Azar; ideas fijas. 

Revolotear de músicas celestes. 

¿Vísperas de una nueva angustia? 

Sospechas. 

Soy de los que no vuelven, hermanos míos. 
Atmósferas de marasmo en tomo 
del más fragante pino. 

Amor, alégrame el camino. 

¡Los fuegos fatuos! 

¡Quebrantaré la vida por mi vida 

por el imposible contacto de la eternidad! 

Pasos furtivos 

en el hueco de mi ser; 

yo soy el prometido, el anunciado. 


Revolotear de músicas celestes. 



MOLINO 


Los molinos de imágenes; caminos sin puntos de vista. 
Ahora vivo detrás de mí mismo. 

Ventanas sobre los astros. 

¿Duermen los pastores? 

Semblantes contraídos en cera derretida 
sobre los muros. 

Fogatas. 

En pasos de alta voz riñe un humor de perros. 

¡Aquí no hay un solo corazón alegre! 

Leña húmeda de los crepúsculos eternos. 

El dolor es un agua que no se pierde; 
pero nosotros nos hemos perdido 
como en un gran tonel 
de contratiempos sordos, fijos, duros. 

Rincones que se enfrían 
como un cadáver, en la estancia. 

Aurora 

en que escupe la rabia más absurda. 

Se ha torcido el puente, como una mueca. 



Alcohol; salarlo de estrellas. 


Murmuradores a granel. 

Silencio entorpecido; 

Ah, si ladrara un perro. 

Se encaminan las quejas de los Nadie. 
¿Duermen los pastores? 

Señales; imágenes y muros. 

Ruidos de establo; 

y se abren más ventanas, pero blancas. 
Inopinadamente... 



ALEGRÍA 


Agua de sol, 
cencerros de horizontes 
enlazaban la intensidad 
armónica 

de nuestros cuerpos 
claros y vigorosos, 
en plenitud de luces infinitas. 

Sones de llamas 
en el aire rosado; 

jadear de bosques y expansión de mares. 
¡La danza de la tierra! 

¡La sintonización del universo! 

Y repicaban los paisajes; 
agua de sol, 

cencerros de horizontes. 

¡La alegría del mundo 


en el pecho redondo de la tarde! 



DESPERTAR 


Revuelo de silencios aromados. 
Estrellas-pájaros de fuego 
dichosos de infinito. 

Música de las nieblas y risas de las selvas. 
Se enardecen de llamas y de gritos 
los desiertos. 

¡Locos de eternidad 

los pies del viento danzan en el mundo! 



SUB-DRAMA 


Desolaciones. 

Altos silencios 

que balancean sus cabezas truncas 
esencialmente. 

Han caído mis esperanzas 
como palomas muertas. 

Desbandes. 

El canto de mí mismo se alucina. 
Cristales rotos. 

Murga carnavalesca. 

¡Las risas rojas! 

Cifras desafinadas y arbitrarias; 

¡El dolor más eterno! 

Me trasvasa el espanto sus caminos. 
Pavor de candelabros; 

Romance de agonía. 

¿Quién soy? 

Ha perdido su espacio 


completamente el universo. 



Se cierran las estrellas en mis ojos. 
Nadie y nada. 

Terribles apariencias 

aplastan el cristal de sus sarcasmos. 

Pasa un convoy de brujas caprichosas; 

cuelgan mis extensiones deformadas. 

Mi corazón es una isla roja 

en que destacan sus banderas negras 

los días de mi anhelo. 

Las miradas ardientes de mis ojos, 

¿En qué se apoyarán mañana? 
Canciones de mi ser, 
hemisferios de dicha, 
volúmenes de aromas 
¿En qué tambor de soles 
se agitarán mañana? 

Orientes y Occidentes. 

Se quebrarán mis ejes. 

Lo sé. 

¡Llueve sin latitud el dolor más eterno! 


Han caído mis esperanzas 



como palomas muertas. 

Pavor de candelabros; romance de agonía. 



ANTIGÜEDAD 


Oh los gozos profundos, los inviolados gozos. 

Agua de soledad 

Que guardan los caminos! 

Alma, corazón. 

Danza en los anillos 
Del día que llega. 

Danza en sus huertos. 

Goza de sus vinos. 

Las albas nuevas 

Rompiendo límites mojan la Nada; 

Cantan los puentes en el universo. 

En las albas más nuevas humedezco mis ojos; 

¡En los soles más nuevos humedezco mi boca! 

Suenan los vientos 

Las zarabandas 

De sus tambores 

Asperos, fuertes. 

Libres, salvajes 


Y puros. 



El alma del mundo es como un pájaro herido 
Que sangra en el amar. 

Antigüedad del mundo, 
desolación del mundo; 

¡Danza en mi corazón la más roja lujuria. 

La más roja alegría. 

La más roja esperanza! 

¡Danza las danzas 
Más sueltas y alocadas! 

Sálvate, mundo mío. 

Desatando infinitos. 

Apaga tus fríos 

Y enciende tus arenas 
En la primavera 

Y en el sol. 

Pon en mi soledad los pies ligeros 
De tus dichas. 

Gira tus estaciones 
Sobre las nuevas eras. 

Iniciadas en angustias, en dolor y en espanto 


Abro mis manos rojas de semillas. 



¡Puedo ser un gran sueño; puedo ser el gran sueño de una raza 


Oh música sagrada: sobre los nuevos puentes 
Danza tus retornos. 



GABÁN 


Soy una alforja 
de lluvias. 

Mi corazón regó en las primaveras 

sementeras de espacio; 

por ello mi cabeza 

es una gorra remendada y parda 

(genialidad) 

o, un gabán roído, 

pues he amado. 

El pienso de mis días 
desparramé en las sendas; 
rompí todas las tejas 
de los pesebres 
humanos. 

De mal en peor 

tildaron mi locura; 

merma mi audacia, 

enflaquecen mis manos dadivosas 


como las muías viejas. 



El gabán de mi ser se va pudriendo 



LA EGLOGA PROFANA 


Una granja soleada. Labriegos y cantos. 
Las callejas, 

banderizadas de chicuelos reidores, 
se enloquecen y disparan 
del mercado a la taberna; 
de una esquina a otra esquina. 

Se prolongan y se agachan. 

Danzan 

hasta el medio día; 
luego abren sus bocas, 
se tragan el sol; 
y estiran sus brazos 
tatuados de cosas 


y se duermen dulcemente. 



LA ALDEHUELA DE VUELTA Y MEDIA 


El blusón descolorido 

del gran viento 

aligera a las campanas 

del convento de sus pájaros de bronce, 

que se desgañitan en un débil llanto. 

Toses desesperadas 

y gritos arqueados en las chimeneas. 

¡Está la aldehuela de vuelta y media! 

(Puede que el heno se pierda 

sacando la lengua de sus chirigotas 

a los pobrecitos labriegos). 

Gimen los mesones 


un Dios mío. 



PARAGUAYA 


Por las arenas rojas 
se arrastraba tu olor a monte 
como una sombra verde. 

Se anaranjaba el bronce enloquecido 
de tu cuerpo ágil 
en las manos del sol. 

Reíamos de gozo. 

Mordí tu piel más lisa que los vientos. 
Tus ojos 

desparramaron las semillas 
negras de tus miradas. 

Todos los trópicos 
se hicieron jugos en tu boca. 


¡Los cantos de las selvas guardáronse en tus formas! 



CENA 


Cenas de mi soledad en hosco abatimiento; 
eterna como Dios, profunda de universo, 

¡He sido el más ausente: el juntador de formas! 

Cenas de mi soledad... 

El sudario más frío es uno mismo. 

¡Buscar y qué buscar! 

¿Encrucijadas puras donde zapatean los truenos 
en un constante mediodía? 

Cenas de mi soledad en hosco abatimiento. 

Pan y sal. Lamentos. 

Piernas que saltan; salidas del cortejo; 
vacilación de luz que viene abajo. 

¡Extremaunción de un armonioso herrero! 

Ir; pero no ir nunca; 

en algodón de olvido sumir todos mis días. 

Anuncios que se deslizan; 

canción de gallos en la mañana azul de mi esperanza 
continuación de tiempos fundamentados en dolor. 
Fui un desaparecido, el más ausente: 



el juntador de formas. 
Amanecer desentonado... 



MEDIODIA 


El sol 

hace un motín sangriento. 

Paisaje apisonado. 

Luces malavenidas. 

Paladeos chispeantes del arroyo. 

Tierras blandas de lluvias perfumadas 
en que cavan las luces como perros. 

Sosiego de mediodía. 

Guía de carreteras bifurcadas. 

Surcos. Plantíos. 

Distancias. 

Todas las heredades interrumpidas, 

como en un paradero 

definitivo. 

Se enclavan en el sosiego los blancos, verdes, malvas, 
del suave caserío. 

Distiéndese el paisaje 
martirizado de luz. 


Una horda de árboles dispara 



sus flechas de bramidos 


contra el sol-agujero 
concluso, 

desolación iluminada. 

Perspectivas insospechadas 
que lame el horizonte sensualmente. 
El silencio le ha puesto al viento 
un candado de horas. 

Bocas temblonas 
del río. 

Señorea la luz del mediodía. 



PAN NEGRO 


Dedos sarmentosos, 
helados y duros 
del invierno! 

La aldehuela 

es como una rama seca. 

Los mesones, las callejas, 
padecen torpeza. 

¡Mastican tan lentamente 
las campanas! 

Intimidad enfermiza 
de los silencios. 

Cuando llueve, 

la aldehuela es un pan negro 

mojado 

¡Dedos sarmentosos, 
helados y duros 


del invierno! 



PUENTES 


Ah, se han puesto las horas 

como butacas viejas 

en la madera negra de mi vida. 

Se empereza el paisaje. 

Arrulla mi intimidad. 

Paredes grises. 

Repique de las sombras anunciando los astros. 

Caminos del invierno 

¿Quién sube por mis escalones? 

Un toque matinal y fresco 
deshoja sus auroras. 

Viajero, 

hay puentes todavía por los caminos. 



PUERTO 


Amanecer de invierno. 

Un puerto. 

Ha roto su órbita un silbato 
sobre los hombros de la bruma. 
Lamentación del mar 
y cobres de los horizontes. 

Se contraen las torres silenciosas; 
beben las calles gritos 
en sus campanas. 

En las piedras 


quiere tallarse el viento. 



VENTANA 


Muelle de invierno. 

Pájaros retorcidos del alboroto. 

Entre la niebla, 
estertor de los puentes. 

Las hélices de un barco remueven luz y brumas; 
lloran los mástiles del viento. 

Gozan olor de sol todas las lejanías, 

caminos de miel 

en que se pierden mis fatigas. 

Alondras de mi pecho en la mañana 
que llueve angustia. 

¡No tienen árboles los muelles! 

Se humedecen mis ojos y mis manos. 

Y hay algo más que el ruido! 

Una ventana 
cerrada eternamente: 


El silencio profundo sobre todos los puentes. 



ALEGRÍA DE INVIERNO 


Las flautas de mi angustia en el paisaje 
de las constelaciones. 

Bosques de estrellas blancas sin canciones. 

¡Alegría de invierno! 

Mana silencio de mi pecho; 
mi silencio tan viejo como el mundo. 

¡Alegría de invierno! 

A la costa del tiempo mis músicas se apagan como bujías. 



LAS BLANCAS TORRES 


Júbilo musical del agua. 

Permanezco anhelante. 

Compases olvidados que retornan. 

Júbilo musical del agua. 

Suenan las blancas torres del invierno. 
Pupilas anonadadas; 
compases olvidados. 

¡Aún guardan mis anhelos gritos de salvaje! 

pero sólo mis medias noches 

saben de estos pájaros de fuego. 

Interrogatorios de mi ser; 

cizaña de mis sementeras 

y el recodo más negro del camino. 

Interrogatorio de mi ser; 

fosos que no blanquea ni la aurora. 

¿A las anchas de qué 
amor encenderé mi vida? 

Suenan las blancas torres del invierno. 



PÁJAROS DE INVIERNO 


En los fines sordos 
de mi angustia, 
la gracia del día 
enturbia sus linos. 

Zapatea la arboleda 
helados espantos 
de música descocida. 

Se quema la luna 
en el frío blanco 
del invierno. 

Campanario de horizontes; 
esquilas de los misterios. 
Desatan las soledades 
sus pájaros de congojas; 
y las estrellas agitan 


el sudario de los vientos. 



MADUREZ 


Soles ancianos; 

madura el horizonte en los caminos. 

Tu piedad es alondra en mis mañanas. 
¡Hazme nuevo en los cantos de tu vida! 

Mi sueño es un aroma 
gris y ya viejo de sí mismo. 

¡Ah, cómo son de tristes las madureces! 

Mi soledad es pura, 

como un desierto 

lavado en las estrellas; 

alta cual la montaña 

en que resbalan mis espantos. 

Todas las albas de la eternidad 
dejáronme las huellas de sus anunciaciones; 
pero mi sueño es gris y viejo. 

¡Madura el horizonte en los caminos! 



EL HOMBRE DEL MAR 


El hombre de los ojos 
Atormentados, 

Que ha mirado mil auroras del mar 
Desde las grandes proas. 

Tiene el secreto 

De las neblinas, las compactas y húmedas neblinas; 
Tiene el secreto de las claridades. 

De las muy anchas, de las ilimitadas claridades 
Que estallan como granizadas 
Sobre los barcos clavados y desclavados 
En los planos soleados de los días. 

¡Los barcos que alzan sus ojos en la noche 
Cual surcos conmovidos, ardientes y sedientos 
De las semillas 
De los cielos lejanos! 

El hombre de los ojos 
Atormentados, 

Sabe todos estos secretos; 

Y al estrechar mi mano con la cordialidad 



De las almas supremas. 

Me ha entregado el don de los horizontes; 

Me ha iniciado en las expansiones; 

Me ha libertado de los cuatro puntos cardinales, 

Y del bien y del mal; 

De mi ciencia de biblioteca. 

De mis pequeños sueños de orangután civilizado. 
¡Él, el hombre salvaje. 

Me derramó su olor marino 

Sobre mi olfato torpe que vive en las alcobas! 

Él, el hombre salvaje me ha traído la música 
De las islas bienaventuradas. 

En su silencio abismal 

Y en sus palabras pintorescas. 

Alegres, puras. 

De una elevada, de una cósmica simpatía! 

Él, el hombre salvaje. 

Que ha reído con las olas del mar; 

Que ha llorado con las olas del mar; 

Que ha sufrido el asombro y el espanto 


Frente a las tempestades 



Que hacen y deshacen los mundos 

Y destrozan ciudades y amplían las hogueras 
Con sus gritos tan rojos; 

Él, el hombre salvaje 

Me ha dejado oír los órganos profundos 

De su alma golpeada por las visiones de la inmensidad; 

Y este mi corazón se ha agitado en el sueño 
Del universo; 

Porque el alma y el corazón del hombre salvaje 
Trae el múltiple canto del mar y de los astros 

Y los abismos altos y los abismos bajos; 

Las expansiones y las desolaciones 
Prendidas a la rueda del universo. 

Él, el hombre de los ojos 
Atormentados, 

Que ha mirado mil auroras del mar. 

Me ha desclavado de las calles grises 
De mis hábitos viles de hombre civilizado 
Que nada tienen que hacer en mi destino 
En mis pies, en mis manos 


Ni en mis ojos hambrientos 



De una proa, de un astro y de una aurora. 
¡Ahora yo también soy un hombre salvaje! 



HECHO DE ESTAMPAS 


A Macedonio Fernández, Eduardo Mallea, Raúl Scalabrini 
Ortiz, Oliverio Girondo, José Planas y Casas, Adán Dhiel, 
Mario Pinto, Pompeyo Audivert, Raúl González Tuñón, 
Rafael Crespo, Alfredo González Canario. 


POEMA I 


Caía mi sueño en la otra soledad de los canales. 
Regocíjate, niño, la presencia graciosa de la muerte 
reparte en sombras alternadas el olor de los ángeles 
y levanta tus sordos desamparos. 

Niño de paz, 

han apagado las islas monótonas de los soles perfectos. 
Niño de paz, 

imito el mundo en un mi sueño ajeno a la claridad. 

Un silencio de música se apacienta en las torres. 



POEMA II 


Oíase a través de las olas subidas el grito de los puertos y las ciudades 
y el frío de las campanas. 

Los cielos mueven el puente de los días. 

El frío se sumerge en las ramas. 

Recogemos la sombra que cae de los pájaros. 

Te has ido. 

Enumero las albas bajo la espuma azul de la noche. 

Corderos desfigurados reflejan en sus ojos las vueltas de las estrellas 


y los viejos molinos. 



POEMA III 


Está mi risa de niño 

con la abuelita ciega de la noche obscura. 

Resuenan mis botas groseras de campesino 
en la ternura de los caballos, 
y he ido. 

Al son de ríos lúcidos y puros 

Tiemblan las curvas de los pozos como las dulces patas de los corderos. 
Encerrada en mis pasos sigue la noche obscura. 



POEMA IV 


Extiendo mis brazos hacia el silencio descansado que inmortaliza la lejanía. 
Caen océanos en las noches obscuras de nuestras adolescencias en Dios. 
Herido en mi canto 
por uniones de azar 

toda mi carne mortal recoge la blanca limosna del misterio. 

Siento venir el fresco gusto del alumbrar; 

Siento venir entre olas de la desesperanza maduros imperios. 

Agito los ramajes. 

Danzo en la gracia de todas las familias de la tierra y el universo. 



POEMA V 


Yo estaba muerto bajo los grandes soles, bajo los grandes soles fríos. 

A través de mi llanto 

oigo el agrio sudor de la precocidad. 

Yo vuelvo sobre un musgo 

y las ciudades crecen a la aventura hasta la noche del estupor. 

Miseria. 

Dios pesa. 

Me llaman vientos de mar. 

Van y vienen en grandes cambios; se alargan en saltos irritados 
que apagan mi temblor, que exasperan los sueños. 

Jamás podré seguir. 

Yo me veo colgado como un cristo amarillo sobre los vidrios pálidos del 
mundo. 



POEMA VI 


Ha caído mi vos, mi última voz, que aún guarda mi nombre. 

Mi voz: 

pequeña línea, pequeña canción que nos separa de las cosas. 

Estamos lejos de mi voz y el mundo, vestidos de humedades blancas. 
Estamos en el mundo y con los ojos en la noche. 

Mi voz es fría y sucia como la piel de los 
muertos. 



POEMA VII 


Roe mi frente dura 
el lobo de la media noche. 

Una escondida estrella arrima su sosiego. 

Entre todos los soles ya se me canta aceite de júbilos. 
Siento en mis manos venir la luz entera de la mañana. 



POEMA VIII 


Cavar, cavar los ojos enarenados como se ahuecan los cuellos largos de los 

pozos. 

Cerrados en implacables soledades. 

Excavo la bienaventuranza. 

Cruzas llanuras 

y acaecen palomas entre las manchas negras de las quejas. 

Siento en mis ojos las anguilas fuera de sí de los silencios montañeses. 



POEMA IX 


Yo duermo cerca de todas las vueltas del sueño. 

Según mi carne grito en la sombra de la beatitud de los recién nacidos. 
Encima del mismo tono llevo el contacto de los bosques lejanos 
y asistencia de océanos. 



POEMA X 


Reposan los sagrados pinos, 

y mi voz arrollada en la tristeza de una luz rompida. 

Paz, paz, sobre los días y las noches cansadas de recoger las voces falsas, 
que el mar hace sonar las cáscaras de nuez de la maravilla, 
y vuelvo a oír la guía de mi ánimo dentro de primicias celestes. 

Huye la soledad. 

Adiós, belleza. 



POEMA XI 


Al pie de los aromas blancos recobro mis manos en plegaria. 

Una vez había... 

Los canales hastiados se ponen en camino lejos de nuestros ojos. 
Para sí trazan el pavor los soles. 

Apoyo mi rostro sobre la sombra siete veces obscura 
y atravieso los diques ajustados que arrastran los vientos. 

Rodaba mi acento de mar desgarrado sobre siete caminos de nieve. 



POEMA XII 


Yo quería jugar. 

Estaba el signo de mi naturaleza plena de llanto y protección severa. 
Bajo a mi obscuridad, y avanzo entre mis brazos con una estrella niña. 
Soplan olores de banderas frías 
y resuenan tambores de infancia 
en el mismo silencio, bajo la misma estrella. 

Viene mi carne allende las transparencias. 

Rodeo la luz fresca. 

Ánimos de pavor yacen en mis profundas soledades: 

No es el mismo silencio, no es la misma estrella. 

Arranco vísperas de muros inclinados, 
y más allá de todo se mueve el brillo opaco de la agonía. 



POEMA XIII 


Más allá de las aguas grises bajan colinas. 

Nadie vigila. 

Sobre las noches descompuestas concentro mi afinación. 
Todo lo nuestro llega; las ventanas amigas entran las lejanías, 
pero ya no saldremos nunca de esta mañana opaca. 

Avanza hacia nosotros las vueltas seguras de la muerte. 



POEMA XIV 


Los muros están cubiertos de vísperas y estrellas blancas. 
Las flautas hacen temblar a las flexibles viñas. 

Oh, bodas, en tanta perfección de desnudez el gallo canta. 
Aprieta mi adolescencia tus ojos negros. 



CANCIÓN DE CUNA QUE NO HA AGRADADO A NADIE 


Van a cantar 
por el nacer 
de varón, de mujer; 
van a cantar, 

van a nacer. 
Empiezan a cantar 
empiezan a nacer 
el varón, la mujer; 
la voces del cantar, 
las voces del nacer, 
de varón, de mujer, 
empiezan a cantar, 
empiezan a nacer. 
Van a cantar 
el varón, la mujer, 
van a cantar 
por el nacer; 
las cosas del nacer 


van a cantar 



por el varón, por la mujer, 
van a cantar por el nacer. 

Van a cantar: 
la noche va a nacer. 

Empiezan a cantar 
el varón, la mujer, 
la noche va a nacer. 

Van a cantar 
por el nacer 

la noche del varón y la mujer. 
Empiezan a cantar, 
empiezan a nacer. 

Van a cantar 
por el nacer 
el varón, la mujer. 

Empiezan a cantar 


amanecer... 

















Jacobo Fijman 
Obra poética 2: 


Estrella de la mañana. 
Poemas dispersos 



DICHOSO EL ARBOL 



VISIONES DE FIJMAN 


Estrella de la Mañana —esta Estrella que según Fijman es la encamación del 
Verbo— es tanto un punto de arribo como de comienzo, habla tanto de la muerte 
como de un renacer: estado de gracia que se alcanza sólo por un absoluto 
despojamiento, de la visión desolada, y de las palabras que hasta aquí lo sostenían 
en el mundo y en la vida: Los ojos mueren en la visión desnuda de carne y de palabras. 

Los ojos son el vehículo esencial en la poesía de Jacobo Fijman. A través de 
ellos la obra vuelve a ser mirada y se transforma. Si Molino rojo es la realidad 
alucinada y giratoria, fijada en poemas; Hecho de estampas es el tránsito inmóvil de 
la mirada hacia lo vislumbrado más allá de las palabras. Los ojos trazan un 
recorrido que va del signo al símbolo, de la locura a la mística, avistan las distintas 
zonas de pasaje de ese alto camino desierto que en Estrella de la Mañana florecerá en 
puro canto. 

Los poemas de Estrella de la Mañana bordean el misterio del alumbramiento, 
en el que la sustancia renace en la esencia, cuerpo de luz; punto de nada donde la 
gracia toca y que después se revela como la fuente donde han sido lavados los ojos, 
contemplación absorta de sentido: La gracia limpia mis ojos en la gracia, mis ojos 
alumbrados en el Nombre. 

El cisne se ha convertido en un cordero de Dios, dará testimonio de su 
transformación en un canto de alabanza, no exento de la memoria del dolor — 
incluso por momentos el canto se abisma allí, en un reflejo del pavor real de la vida 
vivida aquí—, ya que el dolor, la soledad, la muerte, es decir, lo humano, es la 
condición necesaria para la redención por amor que Cristo significa. Es importante 
remarcar esta significación del amor, ya que por su intermedio, por el 
renunciamiento que ello implica, el alma del hombre es redimida y puede 
reordenar el sin sentido en una especie de perfección trascendente: Alma mía somos 
en Dios desnudez ordenada. 

Desnudez de la carne, en este reino ya no hay máscaras; desnudez de los 
ojos perdonados, enamorados ahora, sostenidos en la perfección del estado divino; 
desnudez de la desnudez que implica la libertad del renunciamiento total del 
hombre en nombre de esa promesa de redención y sosiego que la más absoluta 
comunión con Dios significa. Y hecho he sido en lo interior de todo y nada. 

Diez años después de la publicación de Estrella de la Mañana es internado en 
el Borda, definitivamente. Se alega una nueva crisis espiritual; se le suma la 
pobreza. A estas alturas se puede entrever el conflicto que la presencia de este 
poeta auténtico causó en los círculos literarios; este loco de bondad —judío entre 
los católicos, cristiano entre los judíos— en el seno de la iglesia y en el perverso 



sistema de salud y de represión. Pero el conflicto en realidad señala la hipocresía 
anidada en los circuitos sociales, literarios, hospitalarios, que juzgan la propiedad 
(mental y material) como requisito de pertenencia, lo que ha impedido a la crítica, 
a la iglesia, a la psiquiatría, darle a este hombre que sólo cometió «pecados de 
lengua» el lugar y trato que merecía; y que, en cambio, lo único que pudo hacer 
con él fue arrojarlo a ima marginalidad avergonzante. 

La mucha luz alaba su inocencia. 

CARLOS RICCARDO 



ESTRELLA DE LA MANANA 



ESTRELLA DE LA MANANA 


«Et dabo illi stellam matutinam». 

I 

Los ojos mueren en la alegría de la visión desnuda de carne y de palabras, 
en la tierra desnuda y en el cielo desnudo, 

en el día desnudo y en la noche desnuda bajo los cielos todo crecidos. 

Es demasiado bella la noche de oro de muros y banderas luminosas. 

Corremos en la noche de plata bajo la noche de oro. 

Tierra desnuda, tierra perfecta, cielo desnudo, cielo perfecto. 

Voces desnudas de la voz eterna. 

En la noche de oro nos llaman las campanas, 

y oímos el vuelo de las palomas desde la noche de plata bajo la noche de oro. 



II 


¡Levantaron las albas sus sentidos en el día de mi pavor con su noche de muerte. 
Pavor de días y secretos de días. 

Recogemos aromas de los días en el misterio de los misterios. 

Caen los muros. 

Veo la tierra sabrosa de vida y muerte. 

Y sobre mí lloraron las criaturas y cantaron los niños cantores 
Los ejércitos de la gracia desnudaron espadas ante el alba. 



III 


Amor, Amor, Amor, 

estamos en el abrazo de la tierra y el cielo; 
veo fragancias abiertas; siento fragancias abiertas. 

Corren fragancias de las aguas, corren fragancias de las llamas. 

Soplos perfectos del azul de la noche perfecta, besan las almas. 

Besan en nuevo, suben en nuevo las moradas de oro. 

En las rodillas de Cristo se asientan las moradas. 

Todo de todo se asienta en mi morada, 

soplos perfectos del azul de la noche perfecta que sube de la nada a las criaturas. 

Amor, Amor, Amor, 

la oscuridad del viento, la luz del viento. 

Aspiran las estrellas por mi alma y tu alma y el sabor de los días con sus noches 
de tierras olorosas donde vienen los soles a aspirar los bosques olorosos. 

IV 


Tu alma canta, mi alma reza. 

Salta tu canto, vuela mi rezo en Cristo unidos, 


en la fragancia preciosa de los ángeles de la muerte. 



Tu canto desciende en los silencios y en las llamas de la alabanza. 

Tu alma canta, mi alma reza: viento interior de frío, viento interior de llama, 
y el frío de los días con sus noches y el frío de las vidas y las muertes. 

Tu alma canta, mi alma reza 

en reinos florecidos de palomas en el día y la noche interior de la vida y la muerte. 
Avivan las palomas el frío de la vida y las llamas de muerte florecida 
sobre la muerte fría de la vida. 

Rezan mis días la voz de voces, sabor de voces. 

En voz de voces ama mi alma tu alma. 

Tu alma canta la vigilia de las palomas; 

mi alma reza con voz preciosa de la muerte la vigilia de las palomas. 



V 


En la misma belleza saborean las lunas su soledad dichosa. 

Caen todas mis muertes en el espanto 

de la nada del mal de la nada irreal de la nada. 

En las tinieblas puse mis manos cuajadas de llanto. 

Arreó la gracia mis ojos perdonados, 
y hecho he sido en lo interior de todo y nada. 

He sido en el que es de todo y nada en bella gracia. 



VI 


Sobre mis manos agudas 
descienden las llamas de las visiones. 

Soles y soles. 

Corren los soles soles y soles. 

Aguas y aguas corren las aguas sobre la luz, sobre las aguas multiplicadas. 
Mi boca grande de oración derrama vuelos. 

Amo tu nombre con pavor amoroso. 

Con pavor amoroso mi camino se alegra y regocija con tu nombre. 

Oye mi soledad; mira en mi llanto. 

Mi sed crece en mi llanto; tu soledad llega a mi llanto. 


Ha entrado la noche en nuestro llanto. 



VII 


El agua oscura, la luz oscura de mi alma quiere morir en Cristo. 

Alcanzaremos las palomas crecidas 

y las albas crecidas y los corderos crecidos de todas las muertes. 

Alcanzaremos el reposo de las palomas, de la una a la otra, de paloma en paloma; 
alcanzaremos los corderos, de uno en otro, de cordero en cordero. 

En los brazos de Cristo he visto tierra y cielo, 

agua y luz, agua y luz, agua de paz y luz de paz, 

agua y luz, palomas olorosas, agua y luz, corderos olorosos, 

agua de paz y luz de paz, palomas y corderos. 

He visto los ángeles que llevan en sí la luz y el agua de la gracia. 



VIII 


Oye tu soledad mi soledad. 

Oye en mi soledad la canción amorosa 
debajo de mis labios. 

Miran los cielos el día de mi corazón. 

Oye en mi soledad tu soledad: 
río de luz es tu garganta. 

Eternidad en los caminos. 

Espero en Cristo regocijado de muerte y alegre de muerte. 

Paz, paz, en el camino delante de mis ojos. 

Reza la sangre, la sangre de mi cuerpo en esperanza. 

Pone mi corazón su desnudez perfecta sobre la noche movida en toda gracia 
sobre la noche movida en esperanza. 

Paz, paz, 

en tierras donde corren los soles amorosos del monte santo; 
mis noches iluminadas de pavor, alegres de muertes, 


regocijadas de muerte. 



IX 


Agua del día y agua de la noche, oración en mi día y en mi noche. 

Crecen en la oración, 
y alumbra el tiempo levantado de albas. 

Gracia del siervo que escuchó los cielos, 
niño en la luz y con la luz y por la luz de Cristo. 

Resplandece en sus manos los días y las noches, los días escondidos, las noches 
escondidas. 

Vienen los soles escondidos en la criatura llena de muertes; 

árbol crecido en oración donde paran los días y las noches revestidos de gracia. 

El agua llena de luz y canción escondida. 

El agua llena de cielos y silencios de días con sus noches. 


El agua pura de adoración lava la muerte de tu ojo bajo los cielos. 



X 


Está contigo la paloma santa. 

Alma mía, somos en Dios desnudez ordenada. 

Nos levantan las manos olorosas de paraíso. 

Ando sobre la tierra 

y en nuestra sangre muero y resucito en la sangre de Cristo. 

Desnudez ordenada 

en las manos cubiertas de sueños y prodigios de sueño y de prodigio. 

Desnudez ordenada por la pasión y la muerte. 

Desnudez ordenada que cae en la primera muerte y que levanta la primera vida. 
Se pone multiplicada de misterios, y la manzana conviértese en palomas, 
y los vientos se cubren por sus vuelos. 

Nuestras tierras alumbran recostadas en cielos y mediodías. 



XI 


Puesta está la creación toda en el Misterio con Dios visible en Cristo. 

Soy el hombre que oye el soplo primero lleno de la frescura de toda eternidad. 
Sobre la tierra, sobre los cielos. 

Lavan mis soledades para las bodas, 
para las bodas de su presencia. 

Sobre las piedras, sobre las noches de las piedras se derraman vientos dichosos. 
Mis manos se aniquilan y tocan mi soledad de criatura. 

Estoy cubierto de soledad para las bodas. 

Abro las puertas. 

Vuelan los soles olorosos de soledad profunda; 
praderas y cielos, 

y lluvias de gracias sobre las praderas. 

Nuestras almas son las palomas nuevas. 

Antiguas puertas se han abierto. 


Yo entro bajo la estrella. 



XII 


Los días anchos, las noches largas, 

los días altos y las noches profundas entran por muertes de cruz. 

Días y noches en luz donde los muertos reposan su soledad comenzada y 
desmenuzada. 

Días y noches acabados 

comienzan a desmenuzar las tierras y los cielos. 

La noche en luz 

donde los muertos reposan su soledad de niños cantores arraigados en Cristo, 
desmenuzados en Cristo. 

La tierra se reposa en la belleza de toda la semejanza en su belleza. 

Aman los días entrados en misterios, 

días de amor de adentro de los días del más puro gozar. 

Días cuajados de padecer de días en llanto. 


Padre nuestro que estás en los cielos... 



XIII 


Mañanas olorosas de la visión eterna 

en las mañanas de todas las criaturas profundizadas en misterio. 
Mañanas olorosas de todas las criaturas en la visión eterna. 

Toco las tierras en la misma belleza 

de las mañanas olorosas de la visión eterna: 

miran a Cristo las criaturas. 

Todas las manos levantadas en la misma belleza. 

En mis noches oscuras 

los júbilos dibujan sobre los muros luces de espada. 

Dichosa el alba de las ciudades que hacen en Cristo sus murallas. 

Se enlazan en amor perdidas a sí mismas albas, palomas y corderos. 
Cristo levanta los caminos de la oración profunda. 

Vigilo mis ojos cubiertos de púrpuras sonoras; 


desfallecen las albas sobre las tierras amorosas. 



XIV 


Duermo bajo la estrella mi estrella. 

Vísperas de la noche en luz donde comienzan 
los días y las noches a desmenuzar las tierras 
y los cielos. 

Amor, Amor, Amor, 
se levanta tu luz y el agua salta. 

Se levantan tus albas olorosas de suavidad profunda; 
se levantan tus soles olorosos de suavidad toda crecida; 
se levantan tus lunas olorosas de iluminada suavidad de niños; 
y el agua salta albas, lunas y estrellas. 

Saltan las albas, saltan las lunas y saltan las estrellas. 



XV 


Ama tu alma mi alma, paz de los días, paz de las noches nacidas en los espantos de 
muertes, 

y en los gozos de muerte y esperanza de muerte. 

Amor, Amor, Amor, 

tu alma canta dolor de carne, dolor de vida, pavor de muerte 
bajo los cielos llovidos de esperanza. 

Amor, Amor, Amor, 

viste tu desnudez el agua capaz de las criaturas. 



XVI 


Ha entrado la noche, 

la noche de los días con sus noches, las tierras frías y los bosques muertos. 
Ha entrado la noche de la carne y de los sentidos, 
la noche de las tierras caídas y los cielos muertos. 

A luz de alma crece tu alma, crece mi alma; 
a luz de alma padecemos en cosas, 
y tu pavor en mi pavor, y mi pavor en tu pavor, 
toda tu soledad, toda mi soledad. 

Ha entrado la noche: 
y yo rezo en tu canto, 

tu canto en la oración en la noche de los sentidos. 

Tu corazón se enciende en tu esperanza; 
mi corazón se enciende en mi esperanza. 

En sí se gozan las lunas de sueño y los soles de paz de tu alma y mi alma. 


Asidas con tus manos lunas de amor; asidos con tus manos soles de amor. 



XVII 


Cae en amor tu alma, cae en amor mi alma, 
nuestras almas envueltas en palomas. 

Llevo en mis brazos tu alma olorosa de canciones en el día callado 
y alegría de cielos del corazón profundo. 

Cae en profundidad tu alma, cae en profundidad mi alma 
desnuda de imágenes y cosas. 

Amo tu alma en el amor del mediodía. 

Amo tu alma en mis moradas donde saltan corderos amorosos del mediodía. 

Cae en aromas tu alma, cae en aromas mi alma, 
en el abrazo de la tierra y el cielo, 

y envueltas en palomas asientan las estrellas su oscuridad de espanto. 

Amor, Amor, Amor, 

los soplos de tus nombres abren las puertas de uno en otro de todo en nada, 

y el silencio escondido se derrama desde tu nombre santo de todo en nada de uno en 
otro amor ceñido. 


Amor, Amor, Amor. 



XVIII 


Nos levanta la cruz hacia el río de los aromas. 

Entre sí suben las criaturas mansas tendidas en amor a Cristo. 

Entre sí las criaturas fuertes sobre asientos de paz 
que cuidan las espadas en amor de Cristo. 

Amor abre la luz, y se derraman soles y bailan los corderos. 

Tu alma canta, mi alma reza en los días cerrados, en las noches cerradas, 
en la vida cerrada, en la muerte cerrada bajo los vuelos abiertos de los cielos. 
Entre sí suben las criaturas mansas 
en los asientos puros de olorosos maderos. 

Amada, 


afuera nos besaremos desnudos de tinieblas y pavores, tendidos en amor de Cristo. 



XIX 


Miran mis ojos amorosos ensalzados de llamas 
los días amorosos y mansos y amorosos. 

La gracia limpia mis ojos en la gracia, mis ojos alumbrados en el Nombre. 

Nacen y crecen 

los angélicos vuelos de la vida y la muerte. 

Tu alma canta, mi alma reza 

en el olor de voces de voz que nace y olor de voces de voz que muere en suavidad de 

Cristo. 

Corren los días alumbrados, corren las noches alumbradas de su paso. 


Mis ojos son los ojos en sus ojos; mis manos son las manos en sus manos. 



XX 


Crecen palomas y un reino de corderos; 

crecen palomas multiplicadas y un reino de corderos multiplicados. 

La manzana es la muerte, 

y el vuelo de las palomas crecidas y el reino de los corderos crecidos, la vida eterna en 
cielos escondida. 

Palomas santificadas en la paloma santa 
corderos santificados en el cordero santo. 

Se hace la luz en las palomas y los corderos. 

Caían las manzanas de muerte en muerte sobre el todo y la nada de la vida. 



XXI 


Llantos de los corderos en la mañana, 
llantos de los corderos, 

rocío para los dedos de mi mano, mano de mi oración; 
llantos en las palabras en mi boca, boca de mi oración. 
Llantos de los corderos en la mañana; 
mañana sobre todo mi cuerpo, sobre toda mi alma, 
sobre los ojos en el ojo de mi oración. 

Mañana de los corderos y los llantos en la mañana. 



XXII 


Besa mi voz la luz en mediodía en mediodía santo, 
el regocijo que floreció de espanto 

sobre los montes santos donde las voces que hablan en su voz cantaron en su canto. 
Sobre los montes santos asiremos el vuelo de las estrellas. 

Señor, Señor, Señor, 

canto mío eres tú, y Eternidad. 

Sacudamos las ataduras de toda muerte 

y asistidos de gracia sobre los montes santos cantemos su mediodía. 

Tuve profundo canto, voz de mi muerte bajo los vuelos, 
voz de mi gracia sobre los vuelos. 

Tuve profundo canto: 

nombré los días, nombré las noches con su nombre. 

Tu voz levanta la carne de mi muerte 
y los ángeles rezan el Nacimiento. 

Todos los días de mi vida rezan la muerte; 


y han reído mis noches donde suben los ríos luminosos del regocijo y del espanto. 



XXIII 


Nace en mi llanto llanto de oscuridad de todo llanto, 
oscuridad de soledad de todo llanto. 

Vuelven las almas sobre mi alma de alma en alma, 
de muerte en muerte. 

Lloro con llanto de mi llanto 

sobre mi alma de alma en alma, de muerte en muerte. 

En soledad de soledad con soledad 

en soledad en todo, en soledad crecida en soledad. 

Reposan los huesos en mediodías 

en la soledad de mi alma desnuda en soledad. 

Criatura de la quietud donde nacen los soles. 

Debajo del nacimiento 

mi garganta solloza almas de alma en alma, de muerte en muerte. 

XXIV 

El ojo de la oración ensanchaba caminos. 

Maravillosa muerte, maravillosa vida. 


La voz de los que claman juntamente levanta el monte santo. 



El ojo de la oración 
ensanchaba las aguas y los sueños. 

Sobre nosotros está la paz del monte santo; 

sobre nosotros está la paz de toda muerte; sobre nosotros está la luz del monte santo. 



XXV 


Todo en amor su mismo amor derrama olor de espanto en los corderos. 
Mi luz te besa, 

mi luz de espanto besa con mi beso del espanto. 

Suben espantos en mi espanto. 

Nos recogen las manos henchidas del espanto. 

Viene el río oloroso de corderos abrasados de llamas amorosas. 

Viene el río oloroso de corderos 

revestidos de agua y luz, y encendidos de fuego. 

Crece el río de los vinos de sabor profundo; 
se abraza mi alma en su ser: en las manos crecidas de sus llamas. 
Crecen los vinos, crecen las llamas, 
y mi alma en su ser. 

Crecen las manos, 
y mi alma en su ser. 

Amor me quema, Amor me abrasa en oloroso río de corderos. 

Mi corazón 

lleva los rastros olorosos que hizo el amor de rastros olorosos; 


y saltan las divinas llamas; 



corren sobre el camino de la vida, 


y se extienden en ruegos de alabanza. 

XXVI 

Palomas blancas, palomas roas, palomas blancas. 

Ave María 

Mana la sangre del Cordero 

desde el pavor de todo en todo, desde el pavor de nada en nada. 

Pavor y sangre, sangre y pavor; 

palomas blancas, palomas rojas, palomas blancas. 

Niño de paz, 

sé lo que sé de Cristo. 

Niño de paz, las viñas han crecido todo pavor de todo bajo la nada. 
Me ciñe a su hermosura todo pavor de todo. 

Niño de paz, 

paso de sí a la visión de las rodillas grandes bajo la nada. 



XXVII 


El agua donde lavan su resplandor los soles, 
gozos de Dios que hace mover las tierras y los cielos. 

Amor, Amor, Amor, 

andan los cielos escondidos en cielos escondidos; 

andan los cielos escondidos de uno a otro, todo y nada, de cielos escondidos. 

Oí en perfecto amor de uno a otro, todo y nada, los cielos escondidos. 

Oí en perfecto amor, de uno a otro, todo y nada, los cielos inclinados a cielos 
escondidos. 



XXVIII 


Corren las tierras enlazadas a cielos escondidos. 

El día lleva sobre su cuello las noches imperfectas de su muerte. 

Corren los bosques, 

y el mar, los soles y la luna se igualan en éxtasis de cielo. 

Oh, bodas de la tierra y el cielo. 

Andan los cielos inclinados, reinos secretos de uno en otro, todo y nada 
por el amor perfecto. 

El Nombre derrama cielos sobre cielos. 

Santo, Santo, Santo, 

andan los cielos inclinados, y el Nombre derrama cielos sobre cielos. 

Desciende la fragancia de tus soles sobre mi muerte y en mi muerte. 

Ponme los soplos de tus nombres 

que van sólo en tu nombre, de todo en nada ceñidos de Esperanza. 

Ponme los soplos de los Nombres 

que hacen vivir los bosques olorosos de todo en nada de los cielos. 

Un resplandor de espadas 

guardan moradas de oro donde los soplos de tu nombre mueven la eterna luz de las 
espadas. 



Crece el amor ceñido de Esperanza. 

Van sólo en Dios, en todo y nada, los días que apaciento ceñidos de amores. 
Van sólo a Dios, en todo y nada, 

los gozos del amor, amor, amor dado a los cielos escondidos. 

En Dios se inclina la esperanza 

ceñida en Dios, sujeta en Dios, en todo y nada, en Dios perfecta. 



XXIX 


Me apoyo en las moradas 

donde se esconde la luz de la alabanza y el gozo de los corderos. 
Amor, Amor, Amor, 

en los caminos oscuros de la oración que recogen estrellas. 

Niños del mediodía, niños cantores del puro padecer, 
niños cantores que dicen a Dios cosas de Dios, 
niños cantores del puro llanto. 

Niños de niño en niño en el misterio. 

Bodas, bodas de toda la tierra. 

Guía de niños 

crece la soledad crecida en el desnudo amanecer de toda la tierra. 
Con luz en luz, 

guía de niños, guía del nombre y luz del nombre, 
guía del llanto de mi llanto luz de mi llanto. 

Palabras olorosas, 
guía de niños. 

Recogimientos anegados de días con sus noches. 


Me veo en la dichosa semejanza del agua y de la luz de Cristo. 



XXX 


En mi gemido 

conté mi soledad envejecida; conté todas las noches de mis días. 
Mis huesos cantan el misterio del mundo. 

El agua perturbada de mi reposo. 

Me veo en mi gemido según pavores de inocencia. 

Paz, paz: 

oído de mis palabras. 

El ruego alcanza oído a mis palabras 
carne sanada; 


y hay espanto de luz en nuestras manos. 



XXXI 


Mira mi corazón llagado de alabanzas: 

canto de bosques escondidos donde vuela el fervor de todo y nada 
y los vuelos del vuelo agradados en vuelo. 

Canta la voz entera, y el ojo enamorado mira la perfección de las manzanas; 

mira la perfección de las palomas donde se igualan bosques y cielos, palomas y 
manzanas. 

Manzana, 

toda la perfección de las manzanas. 

Paloma, 


toda la perfección de las palomas, bosques y cielos, palomas y manzanas. 



XXXII 


Corren las albas 

y hay un pavor de bodas en las voces de los niños cantores. 

Vienen los cielos del nombre, 

y el día nos separa de la noche en todo y nada de los cielos. 

Atadas en el nombre 

corren las almas igualadas en Padre y en Hijo y en Espíritu Santo. 

XXXIII 

El ojo enamorado ata los cielos y la tierra; 

el ojo enamorado desnuda tierra y cielos; cielos unos de otro sobre la tierra. 

Y hermosa es la atadura de los cielos, real el día, real la noche de los cielos. 
Hermosos son los cielos acabados donde no caen desatados los días y las noches. 


Real el día, real la noche. 



XXXIV 


Bajo los cielos se devora la nada. 

Sobre la espalda, sobre la noche de la ciudad 
Cristo ha puesto los signos de su boda. 

Pongo mi oído bajo la noche; 

pongo mi oído sobre la noche de la tierra que es el alma del hombre: 
Vienen los soles y las lunas en el alba de Cristo. 

En el sueño del padecer nacen las albas; 

del sueño del padecer saco las albas escondidas en el silencio escondido. 



XXXV 


Pongo este llanto de mi llanto por todas las soledades que esperan las bodas de la 

tierra. 

Pongo este llanto de soledad perfecta; 
pongo este llanto dichoso de mi alma; 

pongo este llanto de acabado recogimiento por el árbol caído y el animal caído, 
por la tierra caída del éxtasis más alto de su nacimiento. 

Pongo este llanto de mi llanto por las soledades en la dichosa semejanza: 
soledad de los ríos y las lunas en la dichosa semejanza; 
soledad de los ríos y los soles en la dichosa semejanza; 

soledad de los ríos y los soles de ríos y de lunas y de soles en la dichosa semejanza. 
Pongo este llanto por los ríos; pongo este llanto 


por las lunas; pongo este llanto por los soles. 



XXXVI 


Ojos de niño 

donde el cielo vuelve a encontrar la desnudez de las estrellas, 

golpeamos llenos de horror 

las voces que enlazan las palabras, 

noches visibles 

en nuestras manos sordas y nuestros cuerpos alimentados de muerte. 
Respiramos los gritos 

de la piel de los ríos que hieden desesperanzas 
y corazones lúcidos del frío 


que arrastran el agua obscurecida de la blasfemia. 



XXXVII 


Vuelvo mis ojos sobre mis ojos mansos; 
vuelvo mis ojos contra la noche obscura. 

Tuvo cuidado mi soledad; tuvo cuidado mi pavor de soledad perfecta. 

Después de toda la tierra rebosan las albas; 

después de todas las estrellas ha sido en mí la mano sobre mi noche obscura. 
Pongo mis manos reflorecidas en la mano. 

Darán los montes paz a mi vuelo, paz de misterio en su misterio 

Sean los montes de la paz los montes que huyen en la noche con pies de ciervo. 

Sean los montes de la paz la piel que vista a las criaturas. 

Huye la muerte en cada muerte. 

A su alegría desnuda corren las desnudeces de las mañanas. 

En una misma soledad corren los mundos. 

Ha de venir la voz entre mis voces desde la paz, venida de los cielos. 

Ha de venir mi voz tras de las voces de la voz perfecta. 

Hágase la belleza de la tierra y el cielo; 

y vengan a nos en la misma belleza las mañanas de todas las criaturas 
que están llenas de gracia. 


Venga a nos la belleza entre todas las albas, 



el alba que no nos deja caer en nuestra noche. 

Te doy el llanto de mi llanto 

puesto en amor que espera las cosas levantadas en albas. 
Aquella voz, aquella estrella de tu llanto. 



ADORACION DE LOS REYES MAGOS 


El cielo besa la sombra del manzano. 

A lo largo de muchas voces y junto al dedo de San Juan Bautista 
saltan los ciervos por montes y collados. 

Tierra, levántate en belleza 

junto al canto del muro que agujereó la estrella. 

Hermosa mía, 

presenta tu soledad en llanto junto al olor del alba 
donde saltan los montes como ciervos en la visión perfecta. 
Levántate en gemidos con tu sabor de noches amorosas 
en el amor que viene de su mano, 
estrella gozosa entre azucenas. 

Ahora viene la paz desde los cielos, 
y esta noche le ponen corona de María. 

La voz que clama en el desierto anuncia el Nacimiento, 
toda la tierra herida de su boca y el beso de su boca. 

La boca del Ángel que cantó el Misterio: 
tiene corona el Niño. 


Las casas andan en la luz de los caminos. 



Hermosa mía, llevas el manto de la noche obscura. 

Nace en la tierra todo el amor del cielo. 

Amor, Amor, Amor, 

Ave María, gracia plena, nace la flor de las criaturas. 

Paloma mía, 

la Trinidad golpea los muros de la estrella. 

Hermosa mía, 

levántate junto a la estrella de la mañana; 

la voz que clama en el desierto anuncia el Nacimiento. 

Levántate de toda muerte, 

que ya comienza en noche obscura la buena nueva de la flor divina. 
Esta noche le ponen corona, 

y el desierto donde clamaba San Juan Bautista se llenará de gracia. 
Hermosa mía, que llevas el manto de la noche obscura, 
nace en la tierra todo el amor del cielo. 

Herida está la tierra; 

la presencia del Niño hace correr los montes. 

Suspira toda la tierra. 

Amor, Amor, Amor; nació la flor de las criaturas. 



Al olor de su nombre despiertan las doncellas. 

Se alegra nuestra noche y nuestra soledad se goza en agua y vino. 
Subimos por el desierto con la alegría del Nacimiento. 

La Ciudad Santa tiene la noche de oro. 

Herida está la tierra, 

y esta noche de oro derrama lo escondido de su gloria: 
esta noche es su imagen cuando nos miren los soles 
con la ternura de los corderos. 

Al olor de su nombre despiertan las doncellas. 

Bajo los cielos llenos de lluvias María escucha la paz 
que hace seguros nuestros caminos. 

Escucha la mirada del Unigénito, 
escucha al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. 

Al olor de su nombre despiertan las doncellas. 

Beatus vir decía el Rey David 

cuando miraba los panes de la proposición del rey Melquisedec; 
Beatus vir decía el Rey David ; rogaba y anunciaba su venida 
entre los desterrados de la Noche divina. 

Hermosa mía, sé luminosa y ciega. 

La voz que clama en el desierto nos ha ordenado los caminos 



sobre los frutos amargos de nuestra muerte. 

El cielo besa el lirio y ala azucena, 
y el fruto santo de la Virgen derrama olores de misterios. 

Él nos enseñó la alegría eterna 

con su voz llena del sentido de las criaturas. 

El que elige las vírgenes dichosas de la noche de oro 
bajo la estrella de la mañana. 

Llega la luz sin noche como quería Santa Teresa. 

Al olor de su nombre despiertan las doncellas. 

Hermosa mía, sé luminosa y ciega. 

En Él lloramos. 

La luz sin noche reviste nuestra carne de luz para las bodas, 
las bodas de los Pobres. 

Jesús: 

he aquí la palabra de la luz alegre y pavorosa. 

Hermosa mía, 

enterrada en su Cuerpo espera tu cuerpo de carne luminosa. 

Acude a la noche de plata del candor, pues he aquí que la noche de Dios 


se aproxima sobre la tierra. 



He aquí que esperamos en el día de la Ciudad Santa, 
ciudad de Abel, guardada por las espadas de los serafines 
que contemplan el rostro de Dios, 
ese rostro que nadie ha mirado jamás, hermosa mía. 

Al olor de su nombre despiertan las doncellas. 

Hermosa mía, ven a la noche de oro de los Reyes Magos, 
de los patriarcas, de los profetas, de los pastores. 

Paloma mía, 

la Trinidad golpea tus muros con su estrella. 

Ven a la Noche de oro del cordero que limpia los pecados del mundo; 
Ven a la Noche de oro de los perfectos, 

Ven a la Noche de oro de los Reyes Magos. 

Hermosa mía, levántate junto a la estrella de la mañana. 



PAMPA DE UNA NOCHE Y UN DIA CON SU NOCHE 


Saltaban los caminos en las moradas, 
y alumbraba la tierra, 

y otra vez la vida daba la paz a los corderos en espanto. 

Saltaban los caminos, 
agua y estrellas. 

Y para si saltaban los caminos y el alma que suspira en el camino, 
y para si los días de su muerte. 

Sobre mis ojos y en mis 
ojos ardían las criaturas. 

La tierra y el cielo se abrazaban en el camino, 
y ante mis ojos. 

Venía el alba, corderos y palomas, 

el bosque, la luna y las estrellas, 

y en misma luz de cielo las albas y corderos y palomas. 

Saltaban los caminos, 

agua y estrellas, albas, corderos y palomas, 

albas y niños y palomas, 

albas y días y palomas, albas y noches y palomas. 



Saltaban los caminos 


en el cielo y la tierra, en la tierra y el cielo; 
gracia en la tierra, gloria en el cielo; 
saltaban albas, corderos y palomas. 

Día del nacimiento 

del nuevo pan, del nuevo vino, del pan eterno y vino eterno. 

Cruzo las manos, y extiendo las manos; 
gozo en la luz la luz de las estrellas; 
gozo en el agua el agua de la gloria; 
gozo el amor que alumbran los caminos. 

Ruega en amor mi oscuridad profunda. 

Han quedado los vuelos de las palomas idas sobre mi llanto. 

Nuestros pies andan en la noche y el día, en la noche y el día de los corderos. 


En la noche y el día revestidos de albas y corderos. 



CANCION DE LA VISION REAL DE LA GRACIA 


Niño, tu tienes el oído yunto al amanecer 
de la tierra y el cielo. 

Amén el bosque, Amén el mar, y Amén a las estrellas. 

El signo de tus manos ata el secreto del mundo. 

Amén el bosque, y Amén el mar, y Amén a las estrellas. 

La tierra canta y el cielo, y la vida y la muerte. 

Niño, tú tienes en el signo que trazan tus manos 

el día y la noche, y la tierra y el cielo, y la vida y la muerte. 

Amén, Amén, Amén, 


niño del alba de la tierra y el cielo. 



CANCION DE LOS ANGELES DE LA MUERTE 


Ángeles de la muerte 
ponen sueño en la gloria 
y en la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
ponderan los misterios 
de la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
entregan lucimientos 
por la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
preparan nuestra gracia 
y la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 


alivian nuestros días 



de la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
abrazan Dios y el canto, 
y la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ave María, 

Ángeles de la muerte; 
Ave María, 
en la vida y la muerte, 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
de las cosas y el nombre, 
y la vida y la muerte, 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
vísperas anunciadas 
de la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 



Ángeles de la muerte 
parten las soledades 
de la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
anegan nuestro llanto 
con la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
besan las albas albas 
por la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 
Ángeles de la muerte 
del amor y la muerte 
de la vida y la muerte 
Ángeles de la muerte. 



POEMAS DISPERSOS 



NOTA: Estos poemas no reunidos en libro son los pocos que han aparecido 
publicados, gracias a Vicente Zito Lema, en el número 1 y único de la revista 
Talismán, Buenos Aires, mayo de 1969, dedicado por entero a Jacobo Fijman 
cuando éste todavía vivía; y en Crisis, número 11, Buenos Aires, marzo de 1974, 
dentro de un informe más amplio titulado El hospicio. Testimonios y lenguaje de los 
oprimidos. 



DONARIA 


Lieja 

Retablo de pasión 
Lieja ana de Cristo 
O corazón 
De Cristo 
O resurrección. 

Gime la lluvia, 

Incorporal y vieja, 

Nueve musas y cielos 
De una fuga cierta 
Y un pálido sujeto 
De una fuga entremuerta 
Lieja en tiempo de Lieja 
Con número de Lieja, 

De retablo o pasión 
De corazón 
De Cristo 


De resurrección. 



ROMANCE EN VEINTE DE MENOR CUANTIA PARA NUESTRA 
SEÑORA LETANÍA APOSTROFIA 


Ya que sabes la luna 
Quema las candelicas. 

Los arroyos son verdes 
Y las vírgenes rojas. 

La palma vuelta en sí 
Para un sueño odorante 
De su morir de muerte. 
Siquiera a buen romance, 
Acude, letanía, 

Letanía apostrofia, 

Puesta de calle a bajo 
De ciprés a laurel, 

Que nos viene equinoccio 
Sobre el azar de nubes, 


De las blancas y negras, 



Entre las cuales noche 


De la posada vieja, 

Y los arroyos verdes 
De las vírgenes rojas 

Y la luna de muerte. 



HISTORIA DE UNA IMAGEN SEGLAR Y NO SEGLAR 


Roma muere en las torres y campanas. 
Torres, campanas, pan y vino. 

La tierra de las torres 
Desciende en las campanas. 

Y la muerte golpeará a las estrellas 
En al vejez del Tiber y de Roma 
Roma muere en el pan, 

Roma muere en el vino. 


Roma muere en las torres y campanas. 



LUTECIA 


En el arte del cisne los días son eternos 
Sobre el impar concluso de virtud y de esencia. 
Las islas empezaron en la urbe celeste, 

Disímil prestantísima del mundo, 

Variadamente expuesta 

Por título de lunas y de estrellas 

El dátil, la aceituna se encuentra en los huesos 

Y los códices viejos. 

Las letras de Lutecia 
Editaron la curva de la seine. 

Francia duerme en olor de quietos lavellanos, 


Sin crimen y sin llanto. 



SERAFICA COSMOGONIA 


Los bosques se ocultaron en el magno desierto; 
El cuerpo omnipotente de una niña de tierra 
Trae el fuego del mundo; 

Y tú beata, 

De ánima beata, 

Creas lumbre beata 
De número formal de toda cosa: 

El número formal 

Que numera al vestigio de la suprema esfera, 
Idéntico, beato, 

De ánima beata, 

De serafín a mar, 

Y serafín de mar. 

Un cuerpo omnipotente de una niña de tierra 


Trae el fuego del mundo. 



CANCION PARA LA NINA PROSA DE LA CRUZ 


Esta es isla de mar 

Y este es casa de llanto. 
Tú sobre el mar 
Aproximas el llanto. 

La isla de una flor, 

Un pájaro, una niña, 

Y la casa la grave 
Soledad informada 
Del amor y del llanto. 
Este día es la isla 

Y este día es el mar, 

Y esta noche es la casa 
Sobre el llanto del mar, 
Tú prosa de la cruz, 

De una flor a otra flor 
De esta tierra de casa 


Sobre estrella de mar. 



CANCIÓN DE FLORISTA 


El cielo es de la tarde 
Con un río de estrella 

Y de dos ríos verdes 

Que nacen de la pata de una flor violeta. 
La soledad que llama es soledad 
De la antigua campana: 

Pascuas y soledad, 

Una sangre de heridas 

Y una fiesta de viento 
Que extiende flor y viento 
De tres hojas sufrientes 

Y tres días de muerte 
Con un cielo en la estrella 
En la flor y la tarde 

En la antigua campana 


De una fiesta de muerte. 



ECLOGA 


Tú, la incóndita niña 
De la incóndita flor 
Y la incóndita muerte, 
Constas de flor y muerte. 
Tú, la incóndita niña, 
Demuestra flor y muerte, 
Tú, la breve sentencia 
De la lúcida muerte, 

Que pones con el llanto 
La incóndita flor, 


Y la incóndita muerte. 



PRETEXTA 


Leo de ti la tarde en la ciudad 
que buscaba las nubes 
en la vocal herida 

del árbol y la flauta, del pastor y la oveja, 
y la paciencia blanca de los cisnes vencidos 
en lao de las piedras 111 
de los lagos de Francia. 

Las torres se conjugan en levísima angustia, 
y las calles se mueven con las novias ya viejas, 
unas en otras, graves, 
a personas y tiempos, con su ser y no ser. 
Ahora lee tú, Pretexta, senadora, 
y tu lección vendrá beata de paciencia 


del amor y del llanto. 



RETRATO DE DOCTOR 


Este aquí, seráfico leyente, 

Trae la flor perfecta 
Recibida en ejemplo de ser a ser, 

De simples y compuestos, 

Y día temporal, 

Unidos por el uno que nunca fue movido, 

Por aquél que depura la imperfección perfecta. 
Este aquí, seráfico leyente, 

Lleva la perfectísima, la perfección perfecta 


Del color y la lumbre, del amor y la estrella. 



ECLOGARIO 


Acá dentro conmigo, tú sabes justamente 
De montes y de cabras 

Y de dar en el nombre 
Los concejos y trigos, 

Las albas y deuterias. 

Ahora ahora con el sueño 
Tanto y cuanto de flor, 

Y más y más de almendras y manzanas, 
Acuérdate, pretexta, de ser eternidad, 

Tú tan amiga de la flor, 

Y tan amiga de la estrella, 

Tanto o cuanto de flor, 

Tanto o cuanto de estrella. 

Ahora ahora con el sueño 
De albas y deuterias, 


Acuérdate, pretexta, de ser eternidad. 



IPHIGENIA 


El par esta de fiesta 
De dolor en tu llanto. 

Cuatro ríos salían del corazón del mundo; 

Y tus manos se abrían como puertas beatas 
En la Gloria; 

Y tus pies progresaban en la tierra 

Con una cierva joven y la luna de fuego. 

Te nacía la sangre nuevamente 

Como un manto de púrpura, y vestía tus huesos 

Del amor que repone la antigüedad eterna 

De la vida 

El par está de fiesta 

De campanas y nubes y de torres, 

Y la paloma es blanca, 

Y su lugar la tarde 


De cuatro ríos y de cuatro vientos. 



ESCENICA 


Ahora saltas, niña, por partes el aldea 
Definiendo su nombre, 

Las nubes, los almendros 

Y las torres. 

Balaron las ovejas 

Y las nubes empiezan en la fuga del agua. 
Vamos contigo del aldea á la aldea 

Con pájaros y tierras. 

Una palma declinas, una torre, 

Una espiga, dos bueyes, 

Y los nombres que tocan paciencia de azahares, 
La lluvición, la soledad, la muerte. 



SIN TÍTULO 


Arrancaron el sol de la frente celeste, 

La clave de las palmas 

Y las niñas ardientes 

Que duermen en los cuerpos más negros de la tierra, 

Y aquí el siguiente mar 

Trae las islas mudas o sin viento. 

Algunas han verdes, algunas han rojas. 

Tú, compuesta de sueños 

Que toman en el cuerpo más negro de la tierra 

A los sueños más íntegros y quietos, 

Perpetuos concluyentes. 

Tú, que vienes del mar y las islas, 

Tú la breve del fuego Sin más luz que la muerte. 



SPECULUM DEITATIS 


Sor Natividad, sor pobreza, 

Paloma obediente del Espíritu Santo, 

Tu soledad de espanto 
Se enciende de belleza. 

Sor Natividad, flor de santidad 
A miedo y frío. 

Las estrellas más blancas han cuidado el tu río 
De buena eternidad. 


Junio 30 de 1969; Año de Gracia. 



ACERCA DE LAUTREAMONT, 1 


Lo imagino rubio. De ojos celestes. Alto varios metros. La piel azul y las manos 
huesudas. Dotado de una gran imaginación. Pero satánico. 

Atormentado por las cosas reales y vulgares y por las ideas que se hacía del más allá 
de la muerte y de la muerte misma. 

Era lo que diríamos hoy, un introvertido. Se lo supone fino, elegante, de una 
dentadura tremenda; con colmillos. 

Debe estar ahora no en el infierno sino en el hades, que es el reino de la muerte. 

Él está como dormido; insomnis mortis. 

Durante su vida debe haber abusado de las drogas que llevan a los otros paraísos, los 
paraísos del mal. 

Eso, es lo que se deduce de sus escritos. Donde se hace sentir su soledad y su 
desesperanza. 

No tenía nada de religioso. Era un muerto, como diría un teólogo moralista. 

No supo nunca más que de penas y no dio nunca con la contricción, ese dolor 
perfecto, ni con la tricción, ese dolor imperfecto al que se entregan los pecadores 
arrepentidos para que se les restituya a la primera gracia y continuar su vida penitencial 
hasta arraigarse en un estado de paz y esperar la buena muerte. 

Pero él no da señales de haber tenido ninguna instrucción religiosa —aunque 
nombre mucho a Dios — que lo pudiera llevar a la salud espiritual. 

Sin embargo, a pesar de todo lo quiero y lo voy a ayudar. 

Este hombre atormentado, buscó con avidez; pero por sí mismo no dio con nada más 
que con el sufrimiento y la demencia de gran poeta. 

Nació en el Uruguay, y se supone que haya muerto. Aunque nadie lo sabe. 

Es como si no hubiera existido como ser físico. 

Era de agua. Era flemático de temperamento y lo concibo como existiendo en un mar 
agitado y oscuro. 

Dios no quiso que lo conociera, no quiso concederle la gracia que concede al resto de 
los mortales, a los fieles que componen el cuerpo místico de Cristo. 

Lautréamont era soberbio; se negó a rebajarse a ser un niño. 

No amó las cosas de la tierra como las aman algunos privilegiados de complexión 



melancólica. Él amaba lo que no sabía; buscaba a Dios pero no dio con Él. Se supone que 
Dios no quiso darle los beneficios que entrega a criaturas más inferiores que su naturaleza. 

Lautréamont me conocía y me conoce. Como Juez he tenido que verlo. Me pidió que 
no lo olvidara. Que intercediera por él ante Dios que es mi amigo. 



ACERCA DE LAUTREAMONT, 2 


Hace un tiempo nos encontramos en otra región. Cuando lo vi, estaba como 
despejándose del sueño. Estaba con aguas, con algas, pero no con peces. Los peces se habían 
ido. Estaba acostado en el mar. Yo caminaba sobre las aguas y lo llamé: Lautréamont, 
Lautréamont, le dije, soy Fijman. 

Y él me contestó que me quería. Que seríamos amigos ahora en el mar, porque los 
dos habíamos sufrido en la tierra. Pero no lloramos. Nos abrazamos. Después quedamos en 
silencio. 



ADDENDA 



NOTA: La siguiente entrevista a Jacobo Fijman fue realizada y publicada por 
V. Z. L. —principal difusor de la obra de J. F.— en la revista Talismán, número 1, 
Bs. As., mayo de 1969. Posteriormente, apareció en versión extendida en forma de 
libro: El pensamiento de Jacobo Fijman o el viaje hacia la otra realidad, Rodolfo Alonso 
Editor, Bs. As., 1970. 



REPORTAJE A JACOBO FIJMAN 
CONTRIBUCIÓN A UN INTENTO DE CONOCIMIENTO 


En la medida que un ser humano puede ser objeto de conocimiento, y ese 
conocimiento compartido, señalamos luego de más de un año de entrevistas, lo 
que más nos ha impresionado de Jacobo Fijman. 

Su humor; corrosivo. En el estricto sentido de humor surrealista. 

Su autenticidad de poeta: que trasciende hasta en sus menores gestos. Que le 
ha determinado estas formas de vida. Estos castigos sobre su persona. Y su 
bondad; más allá del olvido de quienes fueron sus amigos y compañeros de 
generación; más allá de los policías que lo castigaron; más allá de los jueces que lo 
privaron de su libertad, más allá de los psiquiatras que le descargaron sus odios y 
su propia enfermedad; más allá de los que supieron de su situación y nada 
hicieron, la enorme bondad de Jacobo Fijman, equilibrando tantas de nuestras 
maldades, perdonándonos. 

VICENTE ZITO LEMA 



¿Cuáles son sus relaciones con los colores; y en especial con el blanco, el 
negro y el rojo? 


Los colores centrales son el violeta y el verde. Y los periféricos son el rojo, el 
amarillo, el anaranjado y el azul. 

Yo siento preferencia por el blanco y el negro. Me gustaba ir vestido todo de 
negro y con guantes blancos. Estos son los dos primeros colores nombrados en el 
Génesis. Separó Dios la luz de las tinieblas... 

Amo el blanco. En el palacio los reos iban vestidos de blanco... 

El negro es melancolía. Yo vestía de negro porque no tenía por quién 
enlutarme. 

En cuanto al rojo. Ah. El accidente del aire fácilmente conjuga con el fuego. 
Pero el secreto es saber cuál es el accidente. 

¿Cómo siente la poesía? 


Es un estado de ánimo, antes de la reflexión. 

En cuanto a lo demás, me remito a la obra poética de Aristóteles. Esto es un 
secreto de estado. 

Yo he tenido una infancia poética. Desde niño me llamaban el poeta. 

¿Qué autores han tenido mayor influencia en su formación literaria? 


En mi infancia toda la obra de Sherlock Holmes; que me sirvió después para 
hacerle una crítica a Dostoievsky, quien alardeaba de sus novelas psicológicas. Este 
trabajo se publicó en el diario Crítica, en 1927; también Lamartine, con su novela 
Graziella. Después de leerla, me declaré a una muchacha que tenía 20 años. Era 
muy hermosa. Yo un niño. También Pushkin, un negro comprado por un 
embajador de Pedro el Grande, de él leí La Hija del Capitán; y Víctor Hugo, que me 
fue recomendado por un espiritista. Recuerdo también los cuentos de Callejas. 

Ya de grande, ningún escritor ha tenido en mí una influencia decisiva. 
Aunque he leído muchísimo; especialmente a Santo Tomás de Aquino, y a todos 
los maestros de la patrística latina y de la patrística griega. 

¿Cuál es su símbolo? 



La palabra; que es símbolo. Y la cruz, el símbolo de San Atanasio. 

¿Hay soberbia en el ejercicio del poder? 


Sería una soberbia notable. Pero habría que juntar el poder temporal y el 
poder espiritual. 

Yo me considero un aristócrata; en el concepto de virtud. 

¿Hay equilibrio entre su poesía y al que le cortan la lengua por no mentir? 

Sí. En primer lugar, por aquello «de que al principio fue el verbo». 

Y quise dar con ello. 

¿Qué valor le asiste a un asesinato? 


Los asesinatos tienen el valor de que el asesino va al infierno. 

Es pecado de segundo modo. Primer modo es pensarlo. Segundo, el clavarle 
la cuchillada. En general, la decapitación es el más fácil de los métodos de matar. Y 
el más espantoso el estrangulamiento. 

Pero yo deploro los asesinatos. 

Ni aún justifico la muerte en las cruzadas. A los herejes simplemente habría 
que tenerlos encerrados. 

¿Qué significan los títulos de cada uno de sus libros? 


Molino Rojo recuerda la demencia, el vértigo. 

Yo buscaba un título para esa obra que significara mis estados. Y reparé en 
un molinito viejo que tenía en la cocina. De color rojo. Para moler pimienta. Y vi en 
ese objeto todo lo que mi poesía quería expresar. 

Estrella de la Mañana, en cambio, se refiere a los estados místicos que yo 
había adquirido en esos años. Ya había sido bautizado, con virtiéndome a la 
religión católica, y quise expresar con ese título la encarnación del verbo. 

En cuanto a Hecho de Estampas, yo trataba de volver a la filosofía 
escolástica. Y volver fundamentalmente a Aristóteles. Y en una visita al museo del 
Louvre quedé impresionado por los maestros clásicos, por su pintura religiosa. 
Cuando luego vi unas estampas de esos cuadros religiosos, las asocié a mis 



poemas. De ahí Hecho de Estampas. 

¿En qué medida la enfermedad mental puede influir en una obra artística? 


Corelli, el músico, escribió una sonata, «La Locura», después de estudiar 
esas enfermedades. 

Después de tocar la sonata, él salía a la calle, a conocer a la gente. 

Y veía que todos estaban locos. 

Yo he estudiado psiquiatría. 

Y sé que los ciegos y sordomudos son dementes. 

En cuanto a mi obra, los médicos dicen que no hay en ella signos de 
enfermedad. 

Y yo lo creo; ya que no hay en mi poesía nada en contra de la gramática. En 
Artaud, la enfermedad influyó en contra de su obra. 

Pero él no podía alejarse de la locura. Porque era la locura de Satán. Si 
Artaud hubiera estado sano, estudiaría la escolástica. 

Hay que estudiar. 

El Conde de Lautréamont era un loco. Yo leía su obra y supe de su vida 
estando en Uruguay. Era un hombre pésimo. Se dedicaba a los vicios. Y hacía 
poesía con ello. Era un monstruo. Sólo en él había locura. Nerval en cambio era 
bueno. Pero se ahorcó de un farol. Le gustaban las manzanas. Lautréamont y 
Artaud me angustian. Su psicología es la de los vagos. Yo estaba atraído a ser como 
ellos, pero me salvé con la misa y los libros santos. 

El sufrimiento de los viciosos no es noble. Es muy alejado al de los mártires. 

¿Cómo se relaciona el hecho de ser usted violinista con su poesía? 


En la medida. Mi poesía es toda medida. De una manera que la acerca a lo 
musical. En Molino Rojo hay una gran influencia de la sonata de Corelli, «La 
Locura». Esta sonata tiene dos formas de ejecución. «El Loco» y «La Loca»; según 
sea un hombre o una mujer el ejecutante. En Hecho de Estampas, hay influencia de 
los cantos gregorianos. Y en Estrella de la Mañana la medición sigue la del latín 
eclesiástico. 

¿Cuál es su visión de la realidad? 



La realidad es el ente. Y el ideal de realidad Dios. Ente increado. No hay 
nada más real y más evidente que Dios. 

¿Cuáles son las cosas a las que tiene mayor afecto? 


No es muy fuerte mi afecto con los objetos. Además, prácticamente no tengo 
nada. Alguna ropa, unos libros, una pipa... Pero hay casas hasta donde un cuadro 
de Modigliani está fuera de lugar. Y amo entonces la mesa y el mantel. 

¿Piensa que su obra se identifica con alguna corriente poética? 


No. Está fuera de cualquier escuela literaria. Nunca seguí a nadie. Aunque 
espontáneamente me considero un surrealista. 

Los surrealistas son auténticos poetas; pero blasfeman y son satánicos. En 
Francia conocí a varios de ellos. Aunque ya sus caras no las recuerdo bien. Una 
noche nos presentamos; estaban Bretón, Eluard, Desnos, venían a darme una 
recepción. Pero alguien o algo hizo que se apagara la luz. Y no nos pudimos dar ni 
las manos. 

A Artaud lo conocí en un café. La Coupole, donde tomamos un vaso de vino 
blanco. Estuvimos a punto de pelearnos. Yo me identificaba con Dios y Artaud con 
el Diablo. Sin embargo le tengo aprecio. 

Un poeta tiene que estar al servicio de Dios. Y sino que esté al servicio del 
demonio. 

¿Por qué dejó de publicar su poesía? 


En primer lugar porque la publicación de mis obras me la tenía que pagar 
yo. Y apenas tenía para comer... Además me propuse cambiar de vida. Y me 
dediqué exclusivamente a la filosofía escolástica y a todos los poetas que aparecen 
en la patrística. Pero fundamentalmente, por miedo a perderme en la literatura y 
alejarme de Dios. 

¿Se considera un santo? 


No sólo me considero, lo soy. Pero mejor no decirlo porque no lo 
entenderían. 

Para los médicos eso es enfermedad. Y ellos no saben lo que es un santo. 
Sólo tratan a los demás como enfermos. Se guían por los síntomas. Y otras 



obligaciones no tienen. 

En esta sociedad está prohibido ser santo. Aun por la Iglesia. 

¿Cuál es el significado de esa imagen que tanto reitera en sus poemas: «la 
noche de los corderos»? 

Hay tres noches. La primera noche corresponde a los sentidos. 

La segunda noche a los sentidos internos. 

Y la tercer noche es la del intelecto. Pero el viador debe ser sincero. 

Yo soy un muerto. Pero vivo en Cristo. 

Los corderos significan la unidad divina. Cuando eran sacrificados en el 
Templo Judío, debían tener un año, para representar la unidad. 

¿Quién te enseñó la física? Los egipcios. 

¿Quién te enseñó la magia? Los caldeos. 

¿Pero quién te enseñó el misterio de la unidad divina? El pueblo de Israel. 

¿Tiene miedo de la muerte? 

Ningún miedo. El que hace la vía ya no tiene miedo. Además ya lo he dicho; 
me considero un muerto. Un muerto en vida. Vivo en Cristo. 

Todas las enfermedades ya están en potencia. Simplemente se hacen visibles 
en el momento de morir. 

¿La Biblia es un texto poético? 

La Biblia es un libro de Dios. Y no tiene fondo. 

Aunque realmente el Apocalipsis es un poema terrible. 

¿Para qué escribe? 

Lo hago para que mis actos se ordenen a Dios. Buscando la verdad y no la 
oscuridad. Y escribo para Dios y para mi perfección. 

Y Dios sencillamente lo aprueba. 

Y esto dicho en lengua baja. Para que todos me entiendan. 



¿Para qué pinta? 


Entre mi pintura y mi poesía hay una misma mano. Las mismas 
concepciones. De niño me dijeron que sería un gran pintor. Y entonces quemé 
todo. Ahora lo hago para perfeccionar mis sentidos, externos e interiores. Sólo de 
esa forma es válido pintar y escribir. 

Y hasta que los que se dicen pintores y escritores no lo entiendan, deberían 
dejar esas cosas. Porque están mintiendo. El arte tiene que volver a ser un acto de 
sinceridad. 

¿Cómo ve esta ciudad? 


Esta es una ciudad que no es buena. Es realmente mala. Corrupta. Llena de 
gente depravada. Hay una falta absoluta de moralidad. Es una ciudad hipócrita. 
Hasta parece que fuera la hipocresía su estado natural. 

¿Qué motivó su conversión de judío a católico? 


No es conversión de judío a católico. Es simplemente la aceptación de la 
religión católica, apostólica y romana. 

Porque lo de judío no se pierde. 

Esta conversión es una concepción de la gracia. Porque Dios seguramente ha 
encontrado méritos para convertirme. Para concederme ese conocimiento y esa fe. 

¿Ha sufrido castigos? 


Sí. Pero no me quejo. ¿Quién se podría quejar luego de la pasión de Cristo? 
Hace ya de esto muchos años. Yo era joven. Una tarde estaba como extasiado, y un 
Apolonio, entrerriano, me llamó y me dijo: vamos a caminar. Nos pusimos a 
caminar, y cuando llegamos a una esquina de la Comisaría 4. Q , no recuerdo cuál 
era, o cuál es ahora, mi amigo me empujó contra el vigilante. Vaya a saberse si era 
por una broma o qué sería... Y entonces el vigilante me dio un golpe con esa vara 
que llevan. En la sien izquierda; y otro en la sien derecha. Luego me llevaron al 
interior de la Comisaría, me estiraron en el suelo, y me golpearon con las varas. Me 
golpearon en las rodillas, en las manos, en la cabeza. Es completamente milagroso 
el estado mío, de que aún esté vivo. Después me desnudaron, me pusieron en un 
calabozo. Por la mañana, ellos deben haber avisado a mis padres, que todavía 



vivían. Y me sacaron de la Comisaría. Eso fue todo. 


Eso, y que les dije que era el Cristo Rojo. Lo sentía como una cosa cierta. 
Acaso no enseña San Pablo, «ser como otro Cristo». Y mi intención era presentarme 
como un Cristo revolucionario. Por eso lo de Rojo. Mi grito «yo soy el Cristo Rojo» 
fue mi única respuesta a los golpes. Y me quedé quieto contra la pared... 

¿Por qué está internado en este sitio? 


Según los médicos debido a que estoy enfermo. Trastornos mentales. Yo creo 
sin embargo que la mayoría de la gente padece de trastornos mentales, incluso los 
propios médicos. ¿O acaso la mayoría de los que están en los almacenes y en las 
tiendas es gente de razón? ¡Ninguna! Y los médicos por ejemplo, el que más o el 
que menos padece de psicosis. ¿Y es que alguien sabe lo que es el alma, lo que es el 
intelecto? 

Pero así como hay muchos delincuentes que han cometido delitos, y trabajan 
y no los tocan para nada, también una persona por más loca que fuera, si trabaja no 
la internan. 

Cuando a mí me internaron, hacía más de una semana que estaba en la calle, 
sin comer, sin dormir. Me llevaron en ese estado desfalleciente a Villa Devoto, me 
tuvieron dos días, y luego me trajeron aquí. 

Eso fue en el año 1942. Me aplicaron el electroshock. Se ve que querían 
sacarme la enfermedad del cuerpo. Pero yo no me quejo. De qué tendría que 
quejarme. Los médicos son buenos. Hacen lo que pueden. Recetan, dan consejos... 

Y además, si me fuera de acá, ¿adonde iría? No tengo nada. No tengo a 

nadie. 

¿Cómo ubica su obra en relación al momento social y cultural en que fue 
escrita? 


Molino Rojo aparece en el momento en que se está preparando la revolución 
contra Yrigoyen. Las hijas de Ortiz fueron mis discípulas, en las clases que yo tenía 
como profesor de francés. 

Culturalmente no existía nada. Sólo el movimiento Martín Fierro. Era una 
época de pobreza atroz. Yo vivía simplemente por casualidad. Mi casa estaba cerca 
de la de Gardel, quien me quiso sobornar para que hablara bien de él. 

Una vez me balearon desde la Escuela Militar, Pienso si mi internación no 
habrá sido una medida divina para que no me mataran. Amaba el ruido de las 



balas más que la novena sinfonía. 

Molino Rojo tenía un título que atrapaba a los anarquistas y socialistas. 
Reaccionaban instantáneos ante el color rojo. 

Se notaba en la ciudad un estado de demencia general. Y en Molino Rojo 
desde luego, hay una intención que empieza por la demencia; uno de esos poemas 
dice: «Demencia, el camino más alto y más desierto...». 

Cuando escribí Hecho de Estampas, estaba en París. Allí había guerra entre los 
monárquicos y los otros partidos. En el fondo todos eran unos vagos. Y creo que 
por entonces y en esa ciudad, estaba prácticamente prohibido ser católico. 

Estrella de la Mañana corresponde a la época más oscura que yo he conocido 
en este país. La gente era perseguida de la manera que ha sido establecida en el 
Apocalipsis. 

¿Cuál es esa demencia que se invoca en su poesía? 


Es la demencia en sentido total. Hay formas que obedecen a los nervios 
centrales. Y otras a los nervios periféricos. 

Y puede ser también un castigo. 

El que va a nacer elige ser bueno o malo. Eso también pasa hasta con las 

vacas. 

Ahora bien, la mayoría de los dementes tiene la médula desviada. Cualquier 
enfermedad, aun el cáncer, es estado de locura. 

Los médicos tendrían que seguir realmente las enseñanzas de Hipócrates, 
que hasta curaba con el fuego. 

Y hay incluso gente que se alegra de estar loca. 

La demencia debe ser vista desde un punto de referencia moral. Y a esa 
pobre gente que está en este hospicio, habría que darle buena comida; la comida es 
mala. Enseñarles a sentarse en la mesa, a no robar, a no blasfemar. Y cambiar 
fundamentalmente la higiene. En mi poesía invocaba la locura. Aquí se conoce la 
locura. 

Ya estaban anunciados mis sufrimientos. 

Yo soy el Jacobo Fijman que aparece en los textos de Nostradamus. Y ese día 
vi como un puñal. 

Y me dije: «quién sabe lo que van a creer de mí; quién sabe lo que van a 
hacer de mí». 



Pero yo nunca he querido ser dictador. 
Ni matar a nadie. 

Soy un santo. 

¿Se siente un enfermo mental? 


No. Rotundamente. No. 

En primer lugar porque tengo intelecto agente y paciente. Y mis obras 
prueban que no sólo soy hombre de razón, sino de razón de gracia. 

A pesar de este sitio, que como cualquiera se dará cuenta, no es el más 
adecuado para trabajar, he continuado en mi tarea, escribir poesía. Y es mi razón la 
que hace que entienda fácilmente las cosas sobrenaturales. 

Los médicos no entienden esas cosas. Se portan fácilmente bien. Pero no 
pueden ser lo que no son. 

Simplemente toman la temperatura de la piel. Dan pastillas, inyecciones, 
como si se tratara de un almacén. Y olvidan que en el fondo es una cuestión moral. 

Y es que no conozco a nadie que pueda entender la mente. 

Sin embargo no los odio. Hacen lo que pueden. 

Lo terrible es que nos traen para que uno no se muera por la calle. Y luego 
todos nos morimos aquí. 














JACOBO FIJMAN (Besar abia, 25 de enero de 1898 - Buenos Aires, 1 de 
diciembre de 1970) fue un poeta judeo argentino. Nace en Besarabia, en la actual 
Rumania, el 25 de enero de 1898. A principios del nuevo siglo emigra con sus 
padres a la Argentina donde se instalan en la provincia de Río Negro. 

Pese a ser uno de los escritores más distinguidos de toda la vanguardia 
argentina, sus creaciones han intentado silenciarse de diversas formas. La obra de 
Fijman puede dividirse en dos partes bien definidas y a lo largo de ella puede 
notarse una evolución clara; pasando de un registro de vanguardia hasta alcanzar 
una poesía con marcados rasgos místicos. El propio poeta vivió un cambio 
espiritual que lo llevó del descreimiento absoluto a la creencia cristiana. 

En 1917, luego de una residencia en la localidad de Lobos donde cursa sus 
estudios primarios, se traslada a Buenos Aires e ingresa en el profesorado de 
Lenguas Vivas y obtiene el título de profesor de francés. En 1921 ocurre la primera 
de sus internaciones en el Hospicio de las Mercedes. En esa época forma parte de 
la vanguardia literaria del grupo Martín Fierro, donde se vincula con Jorge Luis 
Borges y Oliverio Girondo. En 1926 publica su primera obra, el libro de poemas 
Molino Rojo. Ese mismo año viaja a París. Hacia 1930 se produce su conversión al 
catolicismo y publica su segundo libro: Hecho de Estampas. En 1931 aparece 



Estrella de la mañana, tercera y última obra de su producción. A lo largo de esa 
década viaja por el país ejerciendo oficios diversos, entre ellos el de violinista 
ambulante. En 1942 es internado nuevamente y definitivamente en el Hospicio de 
las Mercedes, con diagnóstico de psicosis distímica. Muere en 1970 en el Hospital 
Psiquiátrico José T. Borda de la ciudad de Buenos Aires. 



DICHOSO EL ARBOL 


Dos días 


Hospicio de las Mercedes. Dicen que me han traído aquí porque estoy loco. 
Esto es imposible. Pensar que yo he perdido la razón, siendo una cosa de orden 
metafísico, trascendental. No puede ser. Además, he padecido hambre, sed, 
dormía mal, estudiaba mucho, quería mejorar a los hombres, tenía sentido del 
sacrificio, me redimía, amaba. No sé por qué, en una comisaría de la ciudad, me 
apalearon. En uno de sus calabozos se me encontró hablando de tonalidades, del 
origen de la especie, del superhombre y cantando La Marsellesa. Me había 
desnudado; quería ser como los hijos del sol, resplandecer de sencillez, de 
inocencia, de santidad. 

De mañana, vino mi padre; vino hasta el calabozo, acompañado de un 
policía. Mi padre ha envejecido. Está más canoso. Tiembla. Tiene los ojos azules, 
más azules y tristes. 

— ¡Cómo, hijo!, ¿ayer te emborrachaste? Pobrecito, no es nada. ¿Para qué te 
desnudaste? —me pregunta con mucha ternura, con mucho miedo. 

Yo no le digo nada. Entonces mi padre se echa a llorar. 

El policía mira; tiene un aire seguro, tranquilo. 

—Hijo, en la sala de espera está tu madre. 

Yo no le digo nada. Interiormente sonrío y reflexiono: ¡Cómo!, ¿no sabrá éste 
que soy el superhombre? ¿No sabrá lo que todo el mundo: que tengo el cerebro de 
oro? Por eso me pegaron en la cabeza. No me la pudieron romper. ¡Y, cómo!, ¿no 
sabe que soy el Mesías? ¿No recuerda la sesión teosófica que le di anoche? ¿No le 
habló Kliguer, que es poeta y teósofo, de mi lenguaje de los dioses? ¡Cómo!, ¿y se 
olvidó de las tres piezas que toqué en el violín para recordarle quién era? ¿No 
recuerda de mi «Kol Nidre», de mi «Air» de Bach y de la «Marcha Fúnebre» de 
Chopin? ¡Y, cómo!, ¿no sabe que mi violín es de una antigua sinagoga de 
Jerusalén? ¿No sabe que soy el Anunciado? ¿No sabe que he escrito mi Tabla de 
valores? 



—Vamos, hijo, vamos. 

Fuimos a la sala, donde mi madre nos esperaba. El escribiente que toma nota 
de mi nombre, domicilio y profesión, lleva lentes. A su alrededor aparecen más 
policías, con su misma cara rosada, mofletuda; con sus mismos lentes, con sus 
mismos libros, donde anotan los datos, con la misma lapicera. 

Ahora todos me miran, me observan, sin duda para no olvidarme. 

De pronto, el escribiente interroga: 

—Profesor de violín, ¿no? 


Ahora interrogan todos: «Profesor de violín, ¿no?», y anotan lo mismo. Yo 
pienso: Je. ¡Profesor de violín! Gente estúpida, todavía cree en la división del 
trabajo. 

Al rato, salimos. Es un día de sol, caluroso, 23 de enero. La ciudad está 
silenciosa: sin duda la gente ya sabe que no me gusta el ruido. 

—Vamos a tomar un auto, hijo —dice mi madre. 

—No, yo no voy, no, no —contesto. 

Y aprieto a los dos contra mí de un modo que los hace estremecer. 

No quiero ir en automóvil después que he escrito mi Tabla de valores. El 
auto es un elemento de civilización. Yo no quiero debilitar mis pies; yo no quiero el 
progreso. Yo quiero la caverna del hombre primitivo; quiero a Eva; quiero la 
llanura; quiero el sol. 

Después, les digo: 

—Vamos a lo de Alberto, a mi casa de Alberto. 

—Nosotros no la conocemos. ¿Adonde nos llevas? 

La ciudad está cambiada, pero reconozco el camino. No sé cómo, me 
acuerdo de los pájaros. Los pájaros tienen sentido de orientación; aunque la ciudad 
ha cambiado tanto, me digo: Encontraré la casa de Alberto. 



Camino y camino. En efecto, la ciudad ha cambiado. Hay otra luz en la 
ciudad, velada de un color de fuego transparente, de seda. Estoy, sin duda, en otro 
plano. 


Mi padre, con sus ojos azules, y mi madre, que tiene la cara torcida por una 
alteración nerviosa, me siguen. Siguen un fantasma. Se detienen y me aconsejan: 

—Volvamos a casa; a nuestra casa; no seas malo. 

—No, casa de Alberto —contesto, y los obligo a seguir. 

Veo el reloj de la joyería de Alberto. Veo la tabla negra del letrero, que me 
sugiere la idea de que los de la casa han muerto, que han desencarnado, que se han 
vestido con el traje de la eternidad. Precisamente, el padre de Alberto estuvo 
hablándome del «Ayer». 

—Buscas tu Ayer —me dijo. 

Como es pelirrojo y sanguíneo, se me ocurrió, de improviso, que tiene el 
color de los ladrillos que hacían los esclavos faraónicos. Vi en él algo de Triángulo. 
Me eché a llorar. Este hombre sabía mi angustia. Sabe que busco un sentido a la 
muerte. Sabe que soy el Anunciado. Lo sabe todo. Es Salomón. Los dos nos hemos 
encontrado. Yo soy Moisés: he aquí que mis manos tienen el cayado del profeta. 
Con él voy a alucinar a los que pegan a mis judíos. Somos dos antiguos que se han 
encontrado. Ahora, creo que el viejo me cuenta una parábola. Es verdad, al padre 
de Alberto le gusta hablar de parábolas y contar leyendas de la antigüedad. 

Empieza a llover. 

— Es fiesta —dice el padre de Alberto con un acento de nostalgia, lánguido, 
imprevisto. 

Llueve ópalo, azul, oro, violeta. ¡Je! Estoy en Jerusalén. Ya estamos en 
Jerusalén. Salgo corriendo de la casa de Jaime Berg, padre de mi amigo Alberto, 
Debo anunciar algo: leer mi Tabla de valores. Soy el Anunciado. Voy a darle un 
abrazo a Kliguer, el poeta teósofo que muchas veces me ha dicho que soy más 
anciano que él. Tenía razón. Soy el Mesías. Anunciaban que vendría después de la 
guerra. 

He visto a Kliguer en la redacción del «Ydische Zeitung». Me recibe en su 
gabinete de corrector de pruebas. Le hago «señas». 



— ¿Hablas el lenguaje de los dioses? —me pregunta. 


Sigo haciéndole señas. 

— ¡Qué lástima que no tenga una flor para darte! 

Sigo haciéndole señas. 

—Bueno, ve, anda, si no quieres decir nada. 

Entonces le hago un gesto significativo, como diciendo: 

—Kliguer, te espero mañana en las barricadas. —Y golpeando el suelo 
furiosamente, salgo de la redacción. 

Son las cinco de la tarde. La tarde es turbia. Ha refrescado. 

Ahora voy a lo de Giacosa con un candado sobre la puerta. Ya debe de estar 
preso. La policía ya sabe que mañana estalla el caos. Me echo a reír y grito: 

~¡Yo soy el anunciador de la tempestad! 

En la calle hay poca gente. Se cierran las casas de comercio. Camino por la 
calle Corrientes, risueño, gozoso. Veo un judío de barba; usa patillas de patriarca, 
anteojos negros; viste de levita negra. Lo reconozco. Es el padre de un muchacho 
sionista. Se llama Stein. 

— ¡Ah!, si él supiera que yo soy el Mesías. 

Ya lo he perdido de vista. Sigo caminando. En la trastienda de una sastrería 
hebrea están dos sastres que parecen ser los dueños, y Moicha, un conocido 
violinista de piezas típicas de casamiento. Los dos sastres son morenos, afeitados, 
gordos; usan anteojos de carey, son de mediana estatura, algo encorvados; Moicha, 
el violinista, es rubio, calvo, flaco, rasurado; lleva una vieja levita de un negro 
desteñido que tira a verde. Ninguno de los tres me conoce, pero yo sí los conozco; 
los he observado muchas veces. Están examinando un violín; me parece que 
Moisés también se dedica a revender violines. Me detengo y los miro. Después me 
acerco a ellos. Pido el violín. Me miran curiosos, asombrados. Pruebo el violín cual 
un consumado luthierista, golpeando en la tapa y aplicando el oído por si se 
percibe la vibración simultánea de las cuatro cuerdas. 



Dicen en yargón: 


—Parece que entiende. 

Me hago el ingenuo y les digo: 

— Este es un instrumento hebraico. 

—Sí, sí —dice uno. 

Y otro, en yargón: 

—Sabe, sabe. 

—Hoy es día de la raza, ¿no? —les pregunto. 

Todos me miran azorados. De pronto pego un formidable puñetazo sobre el 
mostrador, gritando: 

— ¡Llegaremos! 

Ellos tres gritan horrorizados: 

_¡Está loco! 

Salgo corriendo, lanzando carcajadas terribles, ásperas, sarcásticas. No saben 
que soy el Mesías. No me presienten. 

Todavía tienen miedo. Esperan. Sigo caminando. Ya he caminado un trecho 
enorme. Estoy cerca del barrio de Flores. Ahora me voy a leer mi Tabla de valores a 
Enriqueta Gómez, una grande alma solitaria. No sé quién la llamó Luisa Michel o 
la comparó con ella. Me parece que estoy enamorado de Enriqueta. Tengo que 
leerle mi Tabla. Se alegrará mucho. Hace tiempo que no la veo. Además tengo que 
decirle que estoy enamorado de Carolina Mendoza. Ella debe de conocerla. Algo 
tengo que contarle. Carolina es una muchacha rara; le gusta enamorar a los 
hombres y después volverles la espalda, como hizo con mi amigo Berman. 
Posiblemente, si Berman no se hubiera enamorado, ella seguiría siendo su amiga. 
A mí me tiene miedo. No me tiene odio. No, a mí me ama. Tampoco. Conmigo le 
gusta hablar sobre pesimismo. Carolina es escéptica, amarga, pesimista. Carolina 
sabe más que el padre, un abogado que no ejerce, tolstoyano, que cree en la moral, 
no cree en Dios, es enemigo del Estado y ha publicado sobre moral veintidós 



tomos. La madre de Carolina es una mujer pequeña, flaca, neurótica. Habla de 
melancolías, de flores, de la provincia natal y es enemiga del matrimonio. Ahora 
vive sola con Carolina. Odia al marido. Él, a su vez, también la odia. Todos ellos se 
odian. Me causan risa. Carolina tiene unos hermanos pelirrojos que la detestan. La 
llaman perversa. Son bolcheviques. Trabajan en una fábrica. Hablan mucho. Dicen 
cosas disparatadas. Son pelirrojos e impulsivos. Pero ya amo a Carolina. Voy a 
decírselo a Enriqueta Gómez, que me comprende. Pero también estoy enamorado 
de Sofía y compadezco a Emma. Amo a Sofía desde que hablé con ella en la 
Maternidad. Tiene ojos de ensueño. Me acordé de Schumann. Oí música. Consulté 
con ella sobre Carolina. 

—Yo soy muy franca —me dijo—. Esa muchacha tiene más inteligencia que 
sensibilidad. 

Siento que me vienen desmayos. Sofía me mira con sus ojos de ensueño. 
Estoy enamorado. Me muero. Oigo música de Schumann. Estamos enamorados. 
Entra Emma con su hermana, que practica en la Maternidad. La hermana nos dice, 
sorprendida: 

— ¡Oh!, ¿qué les ha pasado? 

Sofía y yo estamos en silencio. 

Me voy con Emma. Emma está triste; ama y no ama. No quiere casarse con 
un judío de Entre Ríos porque es ordinario, bruto, feo. 

—Me consolaré con ser madre — va diciéndome Emma. 

Emma es buena y fea; quiere estudiar medicina. 

—La vida para mi no tiene objeto. 

—Para mí, sí —le contesto. 

— ¿Por qué? —me pregunta. 

— Porque dos y dos son cuatro. 

Pasamos cerca de la Penitenciaría Nacional. Me parece que hago una seña. 
Con ella quiero decir: «Mañana, a primera hora, larguen los presos. Mañana 
Beethoven dirigirá en el estadio la Novena a coro». Emma me habla de Fanny. 



Fanny me quiere mucho. Es rubia, tiene ojos azules; dice que soy un tipo original. 
Fanny me ama, me adora, me comprende. Voy a decírselo a Enriqueta Gómez para 
asombrarla. 


Un día me preguntó si alguna vez estuve enamorado. Una noche volví 
cansado de vagar y soñé que Enriqueta Gómez me daba un abrazo de alma, un 
abrazo inmanente, un abrazo de alma extraordinaria. 

Ya estoy en la casa de Enriqueta Gómez. Sale una señora de luto. Me dice 
que Enriqueta Gómez no está. Me siento sobre un montón de ladrillos a esperarla. 
Yo venía a anunciarle que mañana estallaba la revolución; pero ella debe de estar 
preparándose, si es que no está en la cárcel. Pero necesito leerle mi Tabla de valores 
para que tenga ánimo en las barricadas. 

Ya son las nueve de la noche. El cielo es claro; las estrellas brillan. En todas 
partes levantan barricadas. Una alegría cósmica inunda. El ambiente está 
perfumado. De pronto, unos niños se acercan, y me tiran piedras. Me echo a 
caminar. Sólo encuentro mujeres de los negros, ojos tristes de horror. De fijo que es 
la hora. En este momento anoto no sé qué impresión en mi Tabla. Me encuentro 
con unas mujeres hermosas, divinas. 

— ¡Oh, un poeta! —exclaman y se acercan para observarme. Miro el cielo. El 
cielo está cada vez más azul, más alto, más lejano. Camino y camino. 

Estoy cerca de Palermo. Es verdad que soy Beethoven y tengo que dirigir la 
Novena Sinfonía. Ya los músicos están reunidos. Visten de negro. Visten de negro, 
porque saben que es el color que más me gusta. Hay un gentío enorme. Ruido, 
mucho ruido. Los fulmino a todos con una mirada amenazadora, lanzando rayos, 
anatemas. No saben que soy Beethoven. Los músicos están preparados. Empiezo a 
dirigir a distancia. Ahora todos escuchan en un silencio religioso. Algo trágico, 
milagroso, presienten. Después de la Novena, pienso, sólo falta consumar la gran 
obra: la Revolución Social. Yo soy Beethoven; «Ayer» usaba trapo rojo; hoy soy el 
mismo. Soy el Cristo Rojo. Por fin termina la sinfonía. La multitud estalla en 
aplausos, delira. Se oye un trueno. La gente escapa. Alguien grita: 

— ¡Es dinamita! 

Hay un desbande. Alguien me ha tirado una flor roja. Ese alguien me ha 
reconocido. 

— Es la hora —pienso—. Yo soy el Cristo Rojo. 



Los rayos se desdoblan en el espacio. Ya no hay estrellas. Ya no hay gente. 
Llueve. 

Me vuelvo a mi casa. El portón negro del palacio en que vivo se abre 
empujado por una mano misteriosa. Ah, sí, ya sé, es Chernichevski, el espíritu del 
jefe de los nihilistas, que me abre la puerta. Entro a mi casa. Todos duermen. 
Duermen en el suelo; se explica, hace calor, mucho calor. De pronto, me detengo a 
contemplar a mi hermanita Fedora. Todo su cuerpo es blanco, de mármol, de 
diamante. Veo sus envolturas astrales. ¡Dios mío, la inmortalidad del alma es un 
hecho! Ahora, por fin, siento la alegría de vivir. No se muere nunca. Se «es» 
eternamente. Bienaventurados todos nosotros. Aleluya. La vida tiene sentido; la 
muerte tiene sentido; todo tiene sentido. Pienso que todos los cuerpos de mi casa 
contienen espíritus antiguos, superiores. Evohé, toda Grecia está en mi casa. 

Tengo sed. Es verdad que hace varios días que he decidido no comer, 
porque eso de comer es cosa de bestias. No hay que ser bestia. Hay que ser un dios, 
algo más y siempre más. 

La canilla de la pileta resplandece. Me digo: «Es de oro». Ahora todo es de 
oro. Se explica; yo, el superhombre, encontré la piedra filosofal. La piedra filosofal 
la descubrí en el sonido. Soy el alquimista de los sonidos. Ahora todo es de oro 
puro. Todo se ha purificado. Todo brilla. Ha llegado la hora del alba eterna, del 
alba esperada. Homero ha vuelto a reencarnarse para mi fiesta. Pues bien, bebo. 
Bebo agua. Son las últimas gotas de agua que beberé, nada más que para limpiar 
mis órganos de oro, los órganos eternos; los órganos que no saben del bien, ni del 
mal, ni de la virtud, ni del pecado; los órganos del Integral, del Superhombre. 

Entro en la cocina. Está clara, limpia. La lamparilla eléctrica es de color rojo 
y amarillo. Debe de ser una comunicación de Moscú. Recibo noticias secretas que 
contesto. 

La luz recta de un reflector, con un aliento monstruoso, enfoca la ciudad. 
Recuerdo a mi Jerusalén. Estoy percibiendo aromas, incienso. Mí cuerpo exhala, 
poro tras poro, aromas distintos y penetrantes. Estoy en la gloria. Desde el fondo 
de mi ser me brotan aleluyas. Mi ánimo se resuelve en misticismo. No me 
entiendo. Tengo la certeza del otro espacio, del otro. El alma existe. Dios existe. Yo 
existo. Nada muere. 

Un instante después me limpio la boca con una papa. Mis dientes están 
blancos, blancos muy blancos. ¿Qué más quiero? Sólo habría que comer papas. Mi 



amigo Berman estuvo un tiempo comiendo papas y dedicándose seriamente a 
reflexionar. 

Soy feliz. La felicidad es mía. Tengo paz, seda, dulzura en mi sangre. Ya no 
soy pesimista. 

En eso entra mi madre. 

— ¿Qué haces? —interroga. 

—Mire, mire: ¡qué limpia tengo la boca! 

— Es cierto. —Y luego agrega—: ¿Dónde has comido? 

Yo por toda respuesta sonrío; sonrío misteriosamente. No, no; desde luego 
mi madre no sabe quién soy yo. Lo que me asombra en ella es su lenguaje de 
compasión y dulzura para conmigo: 

—Bueno, vete a dormir —me ordena. 

—Después. 

Ella se va meneando la cabeza, pensativamente. Todo está en silencio. Me 
deslizo como una sombra y salgo. Tampoco dormiré más. Ni comer ni dormir, 
nada de las dos porquerías. 

Estoy en la calle. Camino. Recuerdo que debo estar en mi «soviet». Mi 
«soviet» está compuesto por Pardo, Berman y Soria. Los tres ilustrados. Los tres 
son revolucionarios. Los tres son pesimistas. ¿Cuál de los tres es más pesimista? 
Pardo, porque ama el color gris y tiene ojos tristes; pero cree en el amor. Berman no 
cree en nada, pero tiene pasiones con alternativas que dan miedo. Soria está 
casado. El pesimista soy yo. No; el pesimista es Enrique Pitzberg, un muchacho 
medio feo, con algunos dientes de menos y atacado del mal metafísico. No cree en 
nada; todo está mal; todo es inútil; los hombres son perversos; las mujeres son 
idiotas. El universo está mal construido. Tales de Mileto se equivocó en su teorema 
sobre la construcción del mundo. Todo es imperfecto. La perfección es inútil, 
porque Kant, porque Fichte; porque Descartes; pero Bacon, pero Sócrates, pero... 

No, éste tampoco es pesimista. Y, aunque lo fuera, no lo entiendo. Pesimista 
es Tartessi. Tartessi es un muchacho que se le ha dado por usar barba. Es un 
temperamento apasionado, latino; y es neurótico. Lo es su madre, su hermano el 



violoncelista y sus hermanitas. Él está en pleno pesimismo. Lee a Leopardi, el 
Eclesiastés; pero estudia el yargón, porque se ha enamorado de una violinista 
judía. Ahora ya no está enamorado. Quiere irse a Norte América, a Italia o al 
campo. No, tampoco Tartessi es pesimista. Pesimista es un exfraile amigo mío, un 
tipo erudito, vagabundo. Lee mucho; y come donde puede. ¿Dónde estará? Debe 
de estar también preso, porque dijo el otro día a voces: 

—Moscú es la capital del mundo. 

—Montenegro —le dije— cuando llegue la hora, habrá que matar, matar a 
muchos, sin miedo, sin piedad. 

— ¿Matar? Yo no sé matar —me contestó. 

— El que no mata en la hora de la revolución, la hace fracasar. 

—Yo sólo aspiro a ser comisario de instrucción pública. 

He notado que casi todos los eruditos aspiran a lo mismo. Se creen que 
porque saben latín y griego deben regir los destinos de la cultura. ¡Qué bestias! Son 
los que dicen: «Hemos llegado demasiado tarde» y quieren volver a la Edad Media 
o al Renacimiento. Son unas bestias. No tienen sentido histórico. No sirven ni para 
esta época ni para los tiempos de Maricastaña. Ah; pero Montenegro lee a Stirner y 
a Nietzsche. Es un tipo disolvente. Ha sido fraile y, desde luego, es un peligro para 
la revolución. El hábito de la hipocresía, de la simulación, no se saca así nomas; 
queda, está prendido de cada nervio, de cada arteria, de cada mano. Montenegro 
es una bestia. ¿Para qué usará esa capa y esa barba que lo hace semejante a 
Stendhal? Por economía. Por taparse la mugre: la capa; y la barba, efectivamente, 
por vanidad. Pero Montenegro entiende mucho de pintura. Es uno de esos tipos 
que hablan mucho de estética en los cafés y que tan bien han pintado los Goncourt, 
(Los Goncourt no hablarían mucho, pero escribieron mucho, demasiado). Ah, pero 
el pobre Montenegro también busca algo. Es un atormentado. Tengo que iniciarlo 
en teosofía y estará salvado. ¿Pero dónde está Montenegro? ¿Y Kerchman, el pobre 
vagabundo judío, sin hogar, sin amigo, sin nada? Dicen que tiene talento. Su 
cabeza es blanca; sus ojos dulces y la cara rosada. En verdad, es inteligente. 
Kerchman es un pesimista, un doloroso, un atormentado. Él es el único que no cree 
en la revolución ni en los revolucionarios. Los odia, los desprecia, los compadece. 
Kerchman se ha ido lejos, muy lejos. Quizás a pie, cantando una lamentación de las 
que oyó en las estepas. 



Ya se inició el nuevo día y estoy en la calle. A eso de las diez me encuentro 
con Boris Goldman, un muchacho de cara pequeña y movimientos bruscos. Toca el 
piano y está componiendo una sinfonía para mil músicos. Es un muchacho que, 
según el padre de mi amigo Alberto Berg, tiene mucha memoria; entonces es 
posible que no se olvide de componerla. Me habla y se me ocurre no contestarle. Se 
va disgustado. Ahora resuelvo, no sólo no comer ni dormir, sino también no hablar 
más. ¿Y para qué es, pues, mi lenguaje de los dioses? Soy el Superhombre; el 
Mesías. 

Después he visto a Berman, al padre de Berman, un hombre silencioso y 
bueno. Me habla y no le contesto. Encuentro a Soria, a Pardo, y a Muñoz, un 
muchacho anarquista con todos los defectos de tal; y encuentro a Tartessi. Todos 
me hablan y no les contesto. No debo hablar más el lenguaje vulgar y tonto. Soy, 
pues, el Superhombre. 

Llega la noche. Recuerdo unos terribles golpes sobre mi cuerpo, una 
comisaría, gritos, cantos, ¡qué sé yo!... Ah, es verdad, estoy en la casa de mi padre 
Jaime Berg. Él me había abandonado en Rumania; una de esas cosas que ocurren 
en el mundo: un devaneo, un amorcillo. Samuel Lejtman no es mi padre; él sólo me 
ha criado. Mi madre adoptiva me sacó de la cuna. Con razón la que yo creía mi 
madre no tuvo hijos durante nueve años. Por eso me adoptaron. Todo termina 
bien. Estoy en la casa de mi padre Jaime Berg, mi verdadero padre. Pero a las tres 
de la tarde vamos a lo del psiquiatra José Ingenieros, a discutir posiciones 
revolucionarias. Veremos cómo se resuelven. Nos acompañan Samuel y Alberto; 
yo voy con mi padre Berg. 

Entramos a lo de Ingenieros. Le hacemos unas señas misteriosas que 
comprende y contesta. Ya sabe quién soy y quiénes somos. Nos despedimos. Al 
despedirnos pego un golpe con el pie, y grito: 

— ¡Yo soy el Cristo Rojo! 

Ingenieros me golpea el hombro, diciendo: 

— Eh, amigo, aquí no se grita. 

Está bien, comprendo, es una orden para las barricadas. 

Salimos. Toda la ciudad arde. Es el gran día. Pasamos por la escuela Roca. 
Oigo cantar el himno de los trabajadores. Veo piedras rojas: barricadas. Grito: 



_¡Viva la revolución social!... 

—No grites —me interrumpe papá Berg. 

Bueno, la revolución está hecha. 

Hemos vuelto a la casa de mi verdadero padre. La casa está en silencio y 

triste. 


—Ahora, a dormir —me dice mí «verdadero padre» que me lleva al cuartito 
donde duerme Alberto. Allí me desnuda y me hace acostar en una cama plegadiza. 
El cuartito es oscuro. Hay muchos baúles. No hay dónde moverse. 

—A dormir, a dormir —me dice por última vez y se va, bajando una 
escalenta de hierro. 

Ya no oigo sus pasos. Duermo. A los pocos minutos me despierto, y me 
siento sobre la cama. Hace un calor insoportable. Tengo toda la sangre en la 
cabeza. 

— ¿Dónde estoy? —pregunto. 

Nadie me contesta. 

— ¿Quién me ha traído aquí? — vuelvo a preguntar. 

Anoche me pegaron en la comisaría, recuerdo; aquí tengo algo, adentro, en 
la cabeza. Me pesa y no me pesa. Todo es rojo. Veo mal, distingo mal las cosas. 
Vuelvo a acostarme, pero no me duermo. 

Viene mi verdadero padre y me dice: 

—Tienes que tomar esto —y me ofrece un líquido en una cuchara. 

—No, no quiero. 

—Toma, toma, te lo manda Ingenieros. 

Miro el líquido que contiene la cuchara. Es rojo. Ah, sí, debe de ser una 
receta «bolchevike» que me manda Ingenieros. Pruebo; es dulce. ¡Qué porquería! 
Ingenieros debe de haberme «tomado el pelo». Ingenieros es una bestia. Debe de 



ser la cuchara que les da a sus iniciados de «La Siringa». 


—Bueno, a ver si por fin te duermes —me dice papá Berg. 

Duermo un rato. Oigo la voz de mi hermano que está abajo. Mi verdadero 
padre le pregunta a mi hermano David: 

— ¿Tenía muchos amigos? 

—Yo no sé. Creo que sí. Del que siempre hablaba era de Berman. Berman de 
aquí Berman de allá. Para él no había mejor amigo que Berman. 

Hablan de mí como si hubiera muerto. Vuelvo a dormir unos minutos. 

Abajo hablan dos mujeres; la señora de mi verdadero padre y una que, por 
la voz, se me figura que está vestida de luto. 

Dice la señora de luto: 

—Y bien, ya que murió, que en paz descanse. ¡Qué lástima! Tan joven... 
—Murió anoche. ¡Qué se va a hacer! —añade la señora de mi verdadero 

padre. 


De manera que estoy muerto. He muerto anoche. La paliza que me dieron 
era para hacerme desencarnar. Ahora lo comprendo todo. 

Oigo llorar a mi amigo Alberto. Verdaderamente estoy muerto. Me consuela, 
no obstante, pensar que estoy vivo, que la inmortalidad del alma es un hecho. 
Estoy flotando en el cuarto. 

A media noche veo que mi hermano David está cerca de mi cama. Me está 
velando. Me duele el estómago. Bajo las escaleras. Vuelvo a subir. 

— ¡Je! Mi hermano no se ha dado cuenta. 

Ha estado velando mi cadáver. Ha bajado, y ha vuelto a subir «mi 
fantasma». 


Duermo. Me despierto preguntando por Rosa, una amiga mía. 



—Yo soy David y no Rosa. Duerme —me contesta mi hermano. 

¡Qué raro es todo! Este cuarto suspendido en el aire, no sé cómo, se sostiene. 
Los baúles son sospechosos. Ah, sí: uno es para mí; y el otro es para Alberto, Nos 
vamos en aeroplano a Moscú, porque el gobierno de aquí nos persigue. No, me iré 
con mi «padre». Él no se llama Berg; él es Trotzki. Va y viene de Moscú cuando le 
place. Yo soy Lenin. Ahora todo se explica, se aclara. 

De mañana viene a verme la señora de mi padre. Me habla con dulzura, y 
me «ceba» mate. 

— ¿Está bien el agua? —me pregunta. 

— ¡Más caliente! —le contesto. 

—Bueno, voy a calentarla. 

Al rato vuelve. 

—Y ahora, ¿le gusta? 

— ¡Más caliente! —le grito. 

— ¡Pero, si está hervida! 

— ¡Más caliente, más caliente! —le grito repetidas veces, lanzando terribles 
carcajadas. 

Ella se va, o no sé cómo desaparece. Todo pasa como en un sueño. Los 
dioses están contándome un cuento shakespeariano. 

Sobre la mesa de mi cuarto hay una lamparita azul con el tubo roto. 
Reconozco la lamparita; Samuel Leftman me la tiró una vez, porque nos 
enfadamos... 

Instantes después viene Samuel. Me limpia la cara con un pañuelo que huele 
a tabaco, a miseria, a no sé qué. 

— ¡Fuera, fuera! —le grito. 

Él llora, llora como un niño. 



Vuelve a acercárseme; le doy un puñetazo. Se va. 


Después viene Neje, la que me ha criado, mi madrastra. 

— ¡Fuera! Tú quieres plata, sólo quieres plata. 

Ella llora. Aquí todos lloran. Todo el mundo llora. Se va. 

Este cuento de los dioses es muy triste. Es como la vida... 

Luego sube Rebeca, que viene con la sirvienta; pero no es la sirvienta, es 
Luisa, una amiga de mi infancia, que hace diez años que no veo y que ha venido de 
Norte América a visitarme. No, es Lina, una amiga mía de Mendoza. No, es 
Octavia. Rebeca me da los buenos días y se va. Se va Luisa o Lina u Octavia. Lina 
se parece a Cristo. Es rubia; tiene ojos azules. ¡Cómo cambia el tiempo hasta las 
fisonomías! Ya no están en mi cuarto. Se han ido. Se oye sonar el piano. Mi padre 
grita. Es la hora de comer. Alberto llora. No comprendo. La voz de Samuel me 
dice: 


—Israel, ¿quieres comer con nosotros? 

—No. Yo no bajo. ¡Yo subo! ¡Vivan las alturas! 

—Mire, Berg. Nuestros hijos, nuestros, ya no son judíos; no nos sabrán rezar 
el «Kadisch» —le oigo decir. 

— ¡Cómo! ¿No dijiste tú que cuando murieras te levantarías de tu sepulcro 
para rezarte tú mismo el dichoso «Kadish»? —le digo. 

Todos ríen. 

Ahora duermo. Duermo profundamente. Estoy en el Egipto. Me han 
encerrado en la Esfinge. Debo colgarme de los anillos de Saturno para salvarme. Ya 
estoy colgado. Soy un caldeo que observa las estrellas. 

Ya estoy en el espacio. Los anillos de Saturno me han salvado. ¡Qué lejos 
está la Tierra! ¿De qué encarnación me acuerdo? Estoy sabirado de una luz azul. 
Sólo me falta la escala de Jacob. Me he salvado. Mi salvación es eterna. ¡Cómo 
canta el mar, un mar que debe estar lejos, entre unas nieblas de ensueño! 

Fia pasado tiempo, mucho tiempo. ¿De qué? No recuerdo. ¿Para qué ha 



pasado el tiempo? Ya es tarde para volver; pero volver, ¿a dónde volver? No lo sé. 


Deben de ser las dos o tres de la tarde. Me despierto para dirigir las 
barricadas. 

— ¡Yo soy el Cristo Rojo! —grito azuzando al pueblo enloquecido. 

Desde aquí veo que Enriqueta Gómez lleva la bandera roja. Estamos en la 
plaza. Dirijo la batalla. Hay olor a pólvora. Suenan las ametralladoras. Pisoteo y 
grito como un endemoniado. 

Estoy otra vez en cama. Me han herido. Estoy agonizando. Viene a verme un 
médico. El médico me examina. Según parece, no sabe lo que tengo. 

Ahora está a mi lado Alberto, que escucha mis aventuras. 

— ¿Te acuerdas?, me caí al agua, allí, cerca de la Asunción... Me salvó Tomás 
Mendoza, un militar, camarada del coronel Jara. Me sacó del agua por los cabellos. 
Mi canoa chocó contra un vapor. ¿Cuándo trajeron mi cadáver? 

Alberto se desternilla de risa. Me habla de no sé qué cosa. Pero ahora 
descubro que yo estaba equivocado. Alberto Berg soy yo; él es Israel Lejtmar, Yo 
tengo esa enfermedad del corazón; yo uso lentes; yo soy gordo; yo soy hermano de 
Rebeca. Yo he estado esperando que mi madre volviera de Europa, donde la ha 
sorprendido la guerra. He llorado mucho, mucho, por ella. Me saco los lentes y los 
limpio. Me los vuelvo a poner. Israel Lejtman se va. 

Ya es de noche. Sube mi «padre». 

—Vístete —me dice. 

Y él mismo me viste. 

—Vienen a buscarte unos amigos en auto. 

— Será Pardo —pienso. 

Estoy vestido con mi traje negro. Mi «padre» no encuentra mis zapatos. 

—Vamos así, no importa. Total vas en auto. 



Abajo veo un bombero. Una lamparilla eléctrica brilla en la joyería. El 
bombero está acompañado de dos amigos que han venido del puerto Murtinho, 
del Brasil. 

Le grito a uno: 

— ¡López! 

— ¡Wilhelm! 

Me abrazan y me llevan fuera. Subo a un auto. En el pescante se sienta Israel 
Lejtman. Mi padre Berg se va. Creo que llora. Se cierra la puerta de la joyería. La 
ciudad tiene mucha sombra. Todas las sombras de la ciudad se mueven, se 
contraen. Canto trozos de ópera. Los tranvías se detienen al paso de nuestro auto. 
Por una larga avenida entra la ciudad de Asunción del Paraguay. De pronto el auto 
se desvía... 

Pienso: «Nos han traicionado. ¿Quién?, no lo sé». 

Estamos en el manicomio. 

— ¡Oh, miren, un loco! —grito señalando a un sujeto. Esta es la casa del loco 
Cabred. Allí está el árbol de la ciencia del bien y del mal. 

El auto se detiene. Me bajan teniéndome de las dos manos. 

Dice un policía: 

—Aquí traemos a un individuo que dice ser el Cristo Rojo y que padece del 
mal de la anarquía. 

En la puerta hay dos loqueros. Un médico ordena, tranquilamente: 

—Pásenlo. 

Me desvanezco. Estoy muerto... 

Pero a media noche... 

[Publicado por primera vez en el diario Crítica, suplemento Magazine 
(páginas centrales), Buenos Aires, lunes 3 de enero de 1927] 



La voz que dicta 


Día de invierno. Cinco de la mañana. Aúlla el mar. 

Camino desesperado por la escollera gris y fría. Una lucidez extraordinaria 
domina mi espíritu; pero mis pies están helados. Se diría que he cometido la locura 
de ponerme zapatos de hielo. Mis pies están helados; apenas obedecen a mi 
voluntad. Ahora siento circular en mí una avalancha de ideas claras, risueñas, 
como nunca. 

Me aseguro a mí mismo: 

—Todo el mundo duerme; pero yo estoy despierto. 

Ningún deseo grosero entorpece mi sentimiento. 

Abarco la ciudad pequeña y detallada irregularmente; torres, casas altas y 
bajas, luces, el mar, el cerro. 

El viento, que hace aullar al mar, sacude, contrae, retuerce los árboles de 
ramas secas, y se reparte armoniosamente, en perspectiva. 

Pienso en mis dos amigos, a quienes nunca les hablo ni de mis hambres ni 
de mis sueños: Mario Funes, alto, fornido, de ojos castaños enfermizos, que a pesar 
de sus treinta y cinco años y sus nueve hijos, es un divino solitario; Enrique 
Gabriel, hombrecillo de ojos brillosos, finos; semblante redondo, pálido, chupado 
por la vida de meditación. Funes me ha explicado días atrás el significado de «los 
candelabros del Bautista», mientras Gabriel y un marino, que siempre cuenta 
aventuras amorosas, sonreían irónicamente. 

Una gran lucidez domina mí espíritu, y mi negra, constante preocupación de 
la muerte, se transforma en alegría, en infinita, en cósmica alegría. 



En un café próximo al puerto, juegan al billar dos individuos. Un vagabundo 
sucio, despeinado, que está de pie, a cierta distancia de los jugadores, se rasca y 
pone en el juego una atención cómica y desesperada. 

Me siento en una silla. Miro la pizarra en donde está escrito un número 
entero y una fracción; indica la hora en que empezó el partido. Dos filas del 
contador están desordenadas. 

Ahora duermo. La lucidez, visión sobrenatural, con una persistencia de 
imagen, sigue dominando mi espíritu; no se altera. Duermo con el cerebro 
despierto. 

Una voz me dicta (la voz que dicta). 

—Seríamos felices si no tuviéramos el sentido del tiempo; divinamente 

felices. 

Duermo con el cerebro despierto. Mi cansancio se abandona a lo inesperado. 
Alguien ha encendido los «Candelabros del Bautista» y da vueltas alrededor de un 
tiempo peligroso, opresor; estremecido de alegría y locura. 

Me sacuden violentamente. 

Gritan: 

—Aquí no se puede dormir. Parece mentira. ¡Un hombre joven! 

En la mesa de billar rueda la bola roja, salta y cae sobre el piso de madera 
cubierto de aserrín, puchos y escupitajos. 

— ¿Lo ahorcaron? —pregunta uno de los jugadores, que lleva bufanda negra, 
bien envuelta al cuello. 

Son unos bárbaros los... sanguinarios, inquisidores. Nadie debe matar a 
nadie. A eso le llaman justicia, comenta su acompañante. 

Habla, sin duda, de un proceso. 

«La voz que dicta» me interroga. 

— ¿Aversión? 



Los jugadores han interrumpido el juego. 

Permanecen en silencio, mudos; con los ojos fijos, inexpresivos, muertos. 

«La voz que dicta» prosigue: nadie. 

—No sentía aversión por nadie. No sentía nada por Prefería huir de las 
compañías humanas. 

Vuelven a sacudirme violentamente. Miro. Es el patrón. Sus hombros, sus 
manos de sapo, blancas, rosadas, callosas. 

Ordena: 

—Fuera, atorrante. ¡A trabajar! Parece mentira. ¡Un hombre joven, lleno de 

salud! 

(Hacía poco que me habían dado de alta del manicomio, en Buenos Aires). 
Salgo. Mi paso es lento, inseguro. 

Las calles siguen húmedas, frías. Camino durmiendo; mi cerebro está 
despierto, pero mis pies helados. 

En el fondo de mi ser recobro la lógica; asocio ideas maravillosamente, en un 
estilo extraordinario, sobrenatural. 

«La voz que dicta» se quiebra como un vidrio y se divide en muchas voces: 
se sintoniza. 

Una de las voces dicta: 

—Por este motivo. 

Otra: 

— ¿Cómo era que no hablaban sus personajes? 

Otra: 


-No. 



Otra: 


—Se explica. 

Un golpe duro, como un hachazo, me hace volver a la realidad. He chocado 
con un árbol que tiene las ramas limpias, peladas. Una opresión en el pecho me 
hace pensar si no estoy enfermo. 

Interrogo al árbol y escucho «las voces que dictan». 

Una voz: 

—No tiene cabellos. 

Otra: 

—Ni voz ni nada. 

Se me aparece Funes. Sonríe. Declara, resolviendo como una clave, el 
significado de las voces: 

—Es tan puro que no sabe de la desnudez todavía... 

Un borracho, en una esquina, grita: 

— ¡Viva las muías del Estado! 

En efecto, pasan los carros tirados por muías. Dan la sensación de rascar 
piedras. 

Duermo. Una lucidez ardiente domina mi espíritu; pero mis pies están 
helados. 

Una de las voces dicta: 

—Detestaba su cuerpo desproporcionado y feo. 

Recuerdo una narración interrumpida que oí hace varios años entre dos 
mujeres turcas, vestidas con trajes pintorescos. 

Estoy cerca de un mercado. Gente que va, gente que viene. Una de las voces 


dicta: 



—Todavía no ven. 


Otra: 

—Están ciegos. 

Otra: 

—Hay que modelarles los ojos. 

Otra, piadosamente: 

— No sabrían caminar. 

¿Por qué me acuerdo de Teresa? Su hermano Ricardo me ha escrito que ella 
se casa muy pronto. Sufro amargamente. 

Una de las voces dicta: 

— ¿Celos? 

La oscuridad de la calle me despierta. Todas las luces están apagadas. 

Ahora las voces se reducen a una sola, y la voz me dicta: 

—De pronto aparecieron en su espíritu los celos; pero suavizados por un 
anhelo puro. No sospechó los inconvenientes... 

Teresa es pelirroja, de ojos enfermos, manos regordetas y piernas redondas, 
como las de esas muñecas rellenas de aserrín que hay en los bazares. 

Me pregunta (diálogo que sostuve el año pasado): 

— ¿Usted sería a capaz de hacer vida burguesa? 

—Pero si yo soy un burgués. Me han ofrecido un empleo de quinientos 
pesos —contesto. 

La madre, que acaba de entrar, me aconseja: 

—Acéptelo. No sea zonzo. ¿Para qué va a volver a Montevideo? 



El padre, que nos ha vigilado, que nos ha descubierto, sacándose los lentes 
de armazón dorado, también me aconseja: 

—No; no se quede; vuelva a Montevideo. Así terminará de curarse 
completamente. 

Despierto sobresaltado. 

Una puerta rechina. Viejas beatas se encaminan a oír maitines. 

Un vendedor de diarios anuncia: 

— «El Día», «Tribuna Popular», y desaparece. 

Aúlla el mar. 


[Publicado por primera vez en la revista Martin Fierro (2da. ed.), N. s 35, 
Buenos Aires, 5 de noviembre de 1926] 



Hotel Dada 


Opinión del cuarto 25: Es terrible el problema de la estima. 

Dante amaba la cruz del sur. Me parezco a Dante mirando la cruz del sur; 
parecido que me ha hecho perder la canción infantil Frére Jacques, del cuarto 6, 
marquesa Duvemois, y las campanas de la Sorbonne. 

Todas la Torres, aquel señor escapado de un vitrail de Chartres, el joven que 
se va a las Indias, el médico muerto... Pero hay dos médicos muertos. He pasado 
mala noche, o la mañana es húmeda, de humedad que ensucia. 

—Los patitos, los patitos, los patitos. 

Repito las palabras de la señora Jeanne Lelong del 13. Se las he oído en 
Rambouillet. 

Los hoteles de París son siniestros. Así como suena: siniestros. Pasan por 
ellos matrimonios, de una hora, de una semana, de un mes. 

Me han robado los zapatos. Me quedaré en casa. Adán Iraola a quien no 
describiré nunca, me ha encomendado la venta de un cuadro de Toulouse Lautrec. 

Examino mi guardarropa. Curioso guardarropa: frac de muerto, tabaquera 
de muerto. El público de la Comedie Frangaise hubiera preferido verme de traje de 
golf, aunque sea con el del cuarto 4, señor Alain. Los francos que repartió 
Mergault, 18, el apetito en sí, según la alemana del 10, me obligarán a ver al señor 
de «El Universal», joven sanjuanino que compra artículos. 

El noruego del 23 entra a mi cuarto. Extiende un mapa. 

En tanto murmura despacito: 

—Yo trabajo para perder mi nacionalidad. Ya la he perdido. Sólo tengo 
derecho a la protección de los cónsules. 



— ¿Por qué? 

—No quiero tener nacionalidad. Amo el espíritu francés. 

París baila demasiado los derechos del hombre. 

Francia tiene la dulzura de Cristo, pero esta noche guillotinan a tres 
hombres. Ovejero, 5, que lee al Poverello, se paseará reposada y dignamente, como 
cuadra a su estatura, y a su bastón de malaca, por la rué de la Paix; alguna ciclista 
irá en dirección de Versailles, y no se le ocurrirá pensar que tres hombres verán por 
última vez la claridad latina. 

Yo debería contar la historia del cepillo para que supieran los motivos de mi 
antipatía por Ovejero; pero en este preciso instante, Eduardo Lezica me ha traído 
barajas criollas, me cuenta los incidentes de las fiestas de a bordo, y vistas de una 
condesa alemana. 

—En Jonville encontré la novela de Ohnet que se llama Serge Panine. 

—Nuestro amigo Sergio Méndez firmaba sus artículos con ese pseudónimo 
—le digo a Lezica. Méndez es muy amigo de Lezica. 

— ¿Y tu primera noche de París? —pregunta. 

—Fie tenido muchas primeras noches. Una de ellas fue la noche en que me 
echaron de «La casa de los estudiantes» por cantar vidalitas. 

Ayer he subido hasta el quinto piso, examiné los botines apostados en cada 
puerta, y sin embargo no soy aquel zapatero que conocía el espíritu de los 
individuos por las deformaciones de los zapatos. 

Espero que mientras escribo mi diario y referencias no minuciosas sobre los 
tipos que habitan el hotel «Dacia» no todos se hayan marchado. 

La mujer del 15 se parece hoy a las mujeres que dan examen de canto en la 
Municipalidad, para tener derecho de mendigar. Tiene las medias café claro y 
embarradas, y la voz suficientemente lúgubre para poder explicar a los turistas el 
nombre de cada tumba del cementerio del Quartier. Es intérprete y hace muñecas. 
Habla mal todos los idiomas y sabe que la vida es dura. 


Por preguntarle algo de Holanda, le digo: 



— ¿Los holandeses cantan? 

No ha entendido ni seca; pero contesta: 

— Son demasiado limpios. 

— ¡Uf, qué asco! Estos entierros parisinos. La gente que acompaña al muerto, 
bajo los paraguas —nombro la selva virgen, los ríos, las islas de mis pagos — . He 
visto enterrar en el Chaco... 

Los domingos son iguales en todas las partes del mundo. 

Las caricaturas sarcásticas de Groz darían gráficamente mis impresiones y 
los cabellos rojizos de la noruega y los regalos de muñecas de la intérprete a cada 
nuevo amante y el monito del cuarto 3, señorita Dreyfus, que hablaba de la vida 
primitiva, de algo potente; todo este mundo demolido por la cortesía, discutidora y 
absurda. ¿Qué hace la Torre de Eiffel? 

—Quisiera entrar en el laberinto de su espíritu —me ha dicho la señorita 
Dreyfus —. Puede ser que nos entendamos. 

Ha intercalado en la conversación palabras italianas. Para enternecerme me 
habla de una Biblia ilustrada por Fouquet. 

—La podemos vender por cien mil francos, o si no buscaré un viejo que me 
mantenga y de tanto en tanto nos veremos para conversar de teosofía. 

La señorita Dreyfus desvió mis ideas hacia la señora del ministro mejicano 
en Indo-China. La señora del ministro mostraba por todas partes su carita 
granujienta y hablaba con fervor del bolcheviquismo. 

¿Hay algo más terrible que una boda de pobres en París? El éxtasis antes de 
Jesucristo. Habla el cuarto 24. Voy a jugar con las estrellas como con bolas de billar. 

Mis sujetos no trabajan: sólo tienen nostalgia. Puede que hayan trabajado; 
puede que se decidan a trabajar. 

Debería irme a las Indias. El cuarto 14 perdió el miedo de la muerte en las 
Indias. 


Las quenas de una peruana, los huacos de mi amigo Laprida y las balalaycas 



del restorán Knam, los cielos grises y las corbatas y pañuelos me han enloquecido 
de terror. 


En este momento yo sabría qué hace el cuarto 24, si no me hubieran robado 
los zapatos. 

Entonces Dakar sólo existía para mí en las estatuitas negras y en los cuadros 
de Matisse. Absurda comparación; pero es la única venganza que se merece la 
pintura, ya que es tan difícil de comprender. Diez y siete días me he paseado con el 
primer tomo de la Suma de Santo Tomás por todos los cabarets y lugares de 
diversión, por culpa del Saxofón que trajo las aldeas negras del Senegal a las 
ciudades de piedra, y que me hizo gustar los platos de porcelana decorados de 
Cristos de vientres largos, larguísimos. Por eso decía mi amigo Osvaldo, del 16, 
que la Edad Media era una época en broma. 

Ahora veo cada tipo a través de determinado caos. A la señora del 22, señora 
Rabinovich, por la voz, por el sistema de molestar; a la inglesa del 8, por lo, que 
afirmaba los domingos a sus amigas francesas (Shakespeare es un buen autor), a 
Vélez, que habita el 21, en busca de la alsaciana que se la sopló el amigo griego con 
cara de sirio y tonada cordobesa; a Puñi, dueño de dos manzanas de casas de 
Leningrado y actualmente habitante del 17 y a... 

En París, ciudad donde he comido faisán y he festejado el centenario de la 
enfermera Cammembert, mis tipos cambian según el barrio que frecuentan, hasta 
que se me familiarizan una vez que se han habituado a comer manises. 

El relojero suizo, cuarto 25, no usaba reloj; pero hablaba de la geometría de 
lo sensible, de faroles y coches que daban vueltas hasta romper el día. Me entraban 
tentaciones de decirle a la señora Rabinovich: 

—Yo sé que tiene usted las patas sucias, y mejor será que hablara su lengua 
materna. ¿Por qué cree que es distinguido hablar francés? 

La señora Rabinovich berreaba tan alto que me impedía formarme un juicio 
de Suiza. Pero la cruz y las Florecillas del Poverello no me dejaban dar libre curso a 
mi indignación. 

He cenado en el Grand Hotel, y me he convencido que la multitud es todo, 
motivo por el cual decidí el catorce de Julio, puesto que toda Francia baila los 
derechos del hombre, leer Esquilo. 



Las manos de los Cristos de las catedrales se parecen a las ninfas. Con ellas y 
latas de yerba Flor de Lis, me hago la atmósfera de Buenos Aires. Todo es bello en 
el deseo. ¿Qué vine a buscar a París? El amor. No. Yo amo a mi novia salteña, casi 
india. ¿A Pascal? Fie visto la torre de Saint Jaeques donde él hizo la experiencia de 
la pesantez de los cuerpos. ¿Qué he venido a buscar? El Sena está siempre frío bajo 
los cielos grises, y en todas partes. Dios. 

Ah, ¡qué admirable sería matar! El crimen. Yo conocí al señor que se llamaba 
Tortiello, que amaba a Darwin y hablaba de patricios. Aquella vez que 
guillotinaron al bandido Michel, él siguió pensando que era necesaria la guillotina. 

¡La alegría que me dan las cosas! 

La alemana del 10, señorita Schtainer, se ha caído del último piso. De ella 
tenía referencias del 26, señor Schveiberg, argentino naturalizado chileno. La 
alemana amaba la «aventura de la palabra» frase de Balzac, los puentes y sobre 
todo los símbolos puentes. El médico chileno, Barros, coleccionista de tarjetas 
postales, observa: 

—Ha escupido la masa encefálica. 

Yo le digo al médico chileno, cuarto 27: 

—Había resuelto llevarla hasta el Arco de Triunfo y hacerle conocer la 
tumba del «soldado desconocido». 

En ese momento llegaba la noruega, del 2, vestida de baile y con hambre de 
tres días. 

—Ha vomitado la masa encefálica —repitió el médico chileno — . ¿No ve la 
espuma? 

La belga del 9, ciudadana de Brujas, lleva un gran ramo de flores y pasa 
corriendo. 

Padre, Hijo y Espíritu Santo; medito en los tres portales de Notre Dame. El 
señor Friedman, exministro mejicano, del 14, ya no tiene miedo de la muerte. Por 
todo el hotel entra la Semana Santa de Sevilla; Fabiano, el gitano español, canta 
saetas. Bendita sea su madre. 


Con la vida y las almas no se puede hacer lo que con las palabras. ¿Cómo 



sacarle a la marquesa Duvernois que no piense en su marido muerto durante la 
guerra y a Castro, 28, sacarle la manía de su apellido y la de buscar sillones del 
siglo trece? A los dos les curarían las buenas costumbres cosmopolitas de una 
inglesa y noruega que encontré en el Wikinks, café de Mortparnasse 181. 

—Tomaremos café con leche y medias lunas —me dijo Ofelia, la Ofelia 
gorda, que venía de dejar sus dientes de oro en la casa de préstamos. 

Yo oía el bullicio del fondín de Montrouge y la voz de la patrona: Sopa, 

Sopa. 


Ofelia, Ofelia, Ofelia, cuarto 1. Es la más vieja de los pensionistas del Hotel 
«Dada». 


—El violinista hondureño hace ocho horas que se empeña en tocar el 
concierto de Viotti. Lo ha tocado 20 veces y habita en el 20; estúpida coincidencia. 
Le ama la lavandera del hotel y le admira Manekatz, del 19. 

—Puedo prestarle cinco francos, le dijo un día. 

Ahora vuelvo a recordar la belga de Brujas ciudad mística. En la ciudad 
mística después de escuchar explicaciones, mejor dicho, datos sobre la catedral, 
puente, lago, almorcé carne de caballo, y supe que los habitantes de la ciudad 
mística eran profundos jugadores de football. Con razón el guardián del museo 
Memling, me dijo: 

—Brujas no está muerta; Brujas está viva... Lo único que ha desaparecido 
son los cardenales que sabían ochenta y cuatro dialectos. 

—Ah, la pobre belga, lo que tiene que aguantar. 

—Todos mis amigos insultan a Dios y se suicidan —decía el pintor lisboeta 
del 7, Gautchot—. Mis amigos me reprochan que ya no soy hombre de acción. 

Gautchot es el 12. 

Amigos, la amistad; Vélez en busca de la alsaciana. 

—Ofelia, ofelia —canto. Tengo hambre. El saxofonista negro se desternilla 
de risa. El saxofón se ha metido en todos los cuartos del hotel. 



[Publicado por primera vez en la revista Número, N. s 2, Buenos Aires, 
febrero de 1930] 



Sumánovich 


Por las calles húmedas se cruzaban las sombras envejecidas de los barrios 
Montmartre, Etoile, Latín, Passy, figurines de modistos de cuarenta a cincuenta 
años, grupos de viejas provincianas tocadas de negro, ojos que han visto mar, ríos, 
bosques, otras ciudades, muchos países, gotear del moho de una iglesucha 
románica, lamparillas de los dancings de Saint Cloud, megáfonos del Ejército de 
Salvación, pisos de la torre Eiffel, calesitas del Luna Park, rostros, idiomas, 
multitudes. 

—Imposible... Necesario —murmuró el Irlandés. 

Supuse que nos iba a leer por cuarta vez la nota de expulsión de James Joyce 
de la corte inglesa, quejarse de los turistas americanos y pedimos cincuenta, diez o 
cinco francos. 

— Empezaré hoy mi cátedra de inglés en la academia Berlitz; pagan mal, 
pero es necesario vivir; por ejemplo, ¿no tienen cinco francos? 

Los tiempos para el Irlandés eran decididamente adversos. La catalana que 
protegía el triángulo de su barba rubia, manchada por la mañana de whisky, de 
cognac y sueño, ahora descansaba su cuerpo y sus ánimos en el cabo de Mallorca; 
la suiza, la médica suiza que adoraba su cabeza de Lord Tennyson, descansaba 
para siempre en el río Mame. ¡Ah!, para el mal de sus pecados todas las mujeres 
del barrio descansaban en otros países, en el más allá, o volvían a los brazos de sus 
padres o sus maridos. 

El Irlandés traía sus ojos dorados, como las cinco mil o diez mil ventanas de 
las casas de los diques de la Senne, por el sol de verano. 

El café Dome: la tabla de anuncios ofreciendo departamentos, piezas, cambio 
de lecciones, cinco o seis amigos, mujeres de todos los mapas y todos los oficios, el 
farsante hindú y sus signos, la declamación de un charlatán de feria; el Parnasse, 
su dueña rosada de tanto acompañar la nostalgia y la soledad de los extranjeros, el 
poker, los besos, los besos de una inglesa, y las vacaciones de las inglesas, los 
trajes, las boquillas y las risas; el Quaie de femmes, pequeñísimo cabaret, antigua 



Universidad «El Camaleón» de Paul Valéry, Giraudoux, Morand, Stravinsky, Max 
Jacob, Picasso; Closery de Lila, sus mesas coloradas, la epilepsia del escultor 
catalán, la mujer del pintor Gvanovsky, las botas del judío Sborovosky, comprador 
de cuadros, damas polonesas desbocadas; el parque de Montparnasse, nos traía el 
Irlandés por no haber conseguido cinco o diez o cincuenta francos. 

Una mujer gorda rechinó los dientes muy cerca del Irlandés, y lo arrastró 
con su voz de gong apolillado. 

Media hora más tarde dimos con el cónsul uruguayo de Atenas y sus 
nostalgias de la calle Sarandí, Helene Murillo discípula de la academia de pintura 
Loth, y la periodista alemana que se vanagloriaba de los amores de su hija: 

—Ya conoce casi todo el barrio. ¡Extraordinario! 

El griego Apanasis, discípulo del escultor Bourdelle, sacó la revista de sport, 
dibujó varios boxeadores, y se hizo a un lado. 

Luego llegó Sumánovich, el pintor servio, que odiaba a Mussolini. Saludó 
haciendo inclinaciones cómicas y me preguntó por Luis Martínez Oro, tenorio 
porteño. 

— ¡Ah, cómo admiraba sus cabellos de indio y sus miradas de acero! 

Hizo breve silencio como para dejar pasar al tocador de balalaika del té de la 
calle Berry y su bata amarilla, dos frases luteranas de un actor de Nuremberg, y se 
echó a reír: 

—Aun en París no se encuentra París. 

Al oír la risa de Sumánovich, a la librera de L'Estetique le entró miedo; 
pensaba en la suerte de su sobrino Karl, pintor surrealista, y en la suerte de su 
librería y sus dos hijas: la morocha que había aprendido inglés en Norteamérica, y 
la rubia que gustaba del vino de Palestina; y pensó en el mozo de San Pedro, cara 
de indio, converso por fray Cayetano, lector del Speculum de San Buenaventura. 

El cuello de Patricio de Meabe, cónsul en el Havre, la risa de Sumánovich, 
que se detuvo en: 

— Excúseme, mi señor, y en el «tengo miedo» de mi amiga Marguerite, me 
obligó a pedir un Martell y a concentrarme quince minutos. 



Clarise, amiga de la dueña de L'Estetique y de su hija la rubia que irritaban 
las beatas de la iglesia situada frente a la librería y que enternecía la cabeza 
romántica de un adolescente puschquiniano, y Sumánovich que habla de las 
montañas de Servia, de las canciones bárbaras de los montañeses. ¿A quién? A 
Clarise. 

Clarise, Sumánovich pasan. Los he visto juntos. El que siempre habla es 
Sumánovich. Es claro, las montañas, el mar, las canciones, el sol, la vida primitiva. 

Sumánovich, Clarise; Clarise, Sumánovich. En el Luxembourg, en 
U Ambasside, en el Depart. Después... 

Sumánovich. Sumánovich. En el Luxembourg; en la torre, en el Depart. 

—Es muy triste, pero muy triste —lloriquea la señora de L'Estetique—, 
Sumánovich está loco. Dice que es inventor de automóviles, y que ha hecho un 
modelo original, único. 

— ¿Clarise? 

— ¿También usted ha comprendido? —me pregunta. 

—No. Si ella no lo amó nunca. El pobre Sumánovich se hizo ilusiones hasta 
que llegó a los automóviles. Dice que ocultamos a Clarise; dice que le negamos 
noticias de Martínez Oro. 

— ¡Pensativo! ¡Qué raro! Hay que abrir los ojos —dice, y hace su mímica el 
modisto italiano. 

— Es verdad. 

— ¿Comparte mi opinión? 

—Claro. 

—Luego, estamos de acuerdo. 

Su amigo el alemán Weber descansaba de las fatigas del cuartel. Así llamaba 
a su curso de Geodesia. 


Señor, pienso con el tiempo hablar más rápido —me dice Weber—, Los 



cafés de Berlín son grandes, más grandes que éstos... —añade. 


He vuelto a oír la risa de Sumánovich, sus pasos lentos, sus continuas 
excusas y la historia de los montañeses. 

—Iremos a bailar a Versailles —le digo a mi Marguerite que limpia su gorra 
de vasco. 

—Vamos. 

— ¿En qué piensas? 

— En la respuesta de mis padres. ¿No sabes que pronto me caso? 

— ¿Con quién? 

— Con el aviador. 

— ¿Me quieres hacer llorar? 

—No me tomes el pelo. Le he escrito diciéndole que tengo un amante, y me 
ha contestado que no le importa. Que quiere casarse... Me da lástima; es generoso. 
Y luego, una situación es una situación. 

Ha pasado el ruso que me dijo: 

—Ahora nadie ríe en la Santa Rusia. 

La boca de cura protestante del estudiante Butler, la boca de cínico del 
dibujante Pigazzi, la boca del financista de as, se abren para hablar pestes de las 
fábricas de tallarines y de la facultad gótica de Buenos Aires. 

Un león acostado, y a su vera un niño gordo, a la sombra del árbol que rinde 
su fruto semejante al pan, moneda antigua de Bolivia, trae a la memoria el joven 
estudiante de medicina Molins, y su puna de Atacama, aquella Puna cedida a Chile 
por Melgarejo a cambio de un pantalón de montar y el caballo Holofernes. 

El araucano Barros arrastra no sé cuántas palabras y sombras de las estatuas 
de las Islas de Pascua. 

—Gallo, ¿qué haces? Vámonos a las Indias. Preséntame a tu cabra —me 



pide. 


—Marguerite, aquí tienes a un auténtico indio. Bailan la cueca, y le han 
puesto las tripas a la miseria. 

Pero la risa de Sumánovich, la carita momificada de Clarise, las calles 
húmedas nos han traído la medianoche, y el silencio y la nieve, y el castillo de la 
Conciergerie, que ruedan bajo los puentes de la Senne. 

— Cuidado, señor, cuidado —me recomienda una mujer enorme que se 
pasea y fuma. 

— Cuidado, señor, cuidado —insiste. 

— ¡Yo no soy Sumánovich! —le grito destempladamente. 

— ¡Ah!, vamos, es extranjero —exclama, y se estampa en la noche de París. 


[Publicado por primera vez en la revista Número, N. Q 4, Buenos Aires, abril 
de 1930] 



San Julián el Pobre 


Por fin había dado con una calle de un solo minuto, como decimos aquí, de 
una sola cuadra. Era angosta y se llamaba San Julián el Pobre. A veces tenía un 
silencio y otras, dos o más; a veces, turistas, y a veces, solitarios. Era una calle 
sorda con aspectos de penitente postrada ante la iglesia de San Julián el Pobre, en 
cuyo interior, según me mostró un guardia republicano (Liberté, Fraternité, 
Egalité) aún existía un pequeño horno donde antiguamente se hacía el pan 
destinado a ser distribuido entre los pobres. Antiguamente... 

Un pintor japonés desde la esquina de la calle angosta dibuja, pinta o intenta 
sorprender a Notre Dame. El olor de las papas, de los arenques, de las lechugas le 
había obligado a hacer una naturaleza muerta. No es tan fácil participar de Notre 
Dame. El que podría participar de ella es un japonés converso y monje que llevaba 
el otro día en su valija una colección de varios ídolos nipones que había confiscado 
en la casa de sus amigos japoneses convertidos por él. Había en él el «amarillo», y 
otras condiciones del amarillo que no podían participar de Notre Dame. 
Antiguamente... ¿Por qué antiguamente? El pan de los pobres. 

Notre Dame. Notre Dame. A media noche, casi junto a los apóstoles de los 
portales, una mujer enorme me gritó: 

— ¿Dónde vas? 

La mujer era enorme, y su voz era también enorme como para anchura del 
desierto. 

Los mecheros de los faroles, claros y adormecidos. 

—Vamos —repitió la voz de la mujer. 

Tres guardias republicanos montados a caballo cruzaron el Pont Neuf. 

La mujer enorme huyó. Las gárgolas de la catedral se retorcieron en mi 
alma. Y se me vino un recuerdo amargo: Teresa. 



Mi novia era pequeña y vestía de vez en cuando de rosa. Teresa, Buenos 
Aires. Miré el cielo de París. No había estrellas. Había cielo y no había estrellas. 

Chevique me tomó las manos, miró detenidamente sus líneas, luego echó las 
cartas, y leyó: 

— ¡Tragedia! Usted ama a una niña de familia tradicional que se opone a sus 
relaciones. Ella no lo quiere mucho... 

Erna se paseaba de un lado a otro y cantaba: Eron, eron, petit patapon, sur le 
pont d'Avignon —con acento agrio y extraño que me trajo a la memoria el pueblo 
de mi nacimiento, y un puente, y sobre ese puente el niño que aún hay en mí, y al 
cual no termino nunca de volver y retornar. Ese niño que de vez en cuando asoma 
a mis ojos, y a quien la enfermera del Hospital de la Maternidad, de la Rué Pascal, 
dijo: 


—Usted tiene ojos de portugués enamorado. 

Justamente esta noche, a la una, tengo cita con la enfermera; y a la una 
menos cuarto me apuesto cerca del hospital. Empieza bruscamente a llover. De 
tanto en tanto, en la oscuridad se levantan resplandores que dejan ver los techos de 
pizarra y el patio del hospital. Suena a cada rezaba, me seguían, por la Avenida de 
Mayo de Buenos Aires, dos jovencitas japonesas enlutadas que llevaban atadas al 
cuello sendas cruces... Iban a misa. 

Despierto. Abro los ojos. Examino los dos francos, y en tanto oigo que 
Lisandro Alvarado me dice: 

—Un día me asusté; creí que había en mi familia judíos... 

En el momento de esa confesión, Lisandro atravesó más de dos kilómetros 
en busca del puesto que ofrecía nafta por dos francos menos que en los demás 
puestos. 

Volví a dormirme, y en el coro de San Mateo de Bach, y en un banco de 
l'Eglise de l'Etoile, de fondo pintado de azul y estrellas doradas, imitación al modo 
de Giotto; y ahora me duelen las manos, me sangran las manos. 

Hace frío. Tengo la boca amarga y el alma erizada de sequedad. 


El sirviente ha entrado en mi cuarto, y me observa: 



—Ahorre, ahorre. No tire las migas de pan... 

Avisos semejantes he mirado en los tranvías y en los subterráneos. 

¡Ah! Pero es verdad, en los hornos de San Julián el Pobre ya no se hace más 
pan para los pobres. 


[Publicado por primera vez en la revista Número, N. Q 16, Buenos Aires, abril 
1931. Al pie del relato, dos líneas debajo del nombre del autor, se agrega: 
«Ilustración de Basaldúa»] 



Ciudades, más ciudades 


Estaba de nuevo en mi cuarto del albergue de San Julián el Pobre. Las 
campanas de la Iglesia enlazaron mis pasos mientras subía las escaleras viejas y 
oscuras del albergue. Ahí las ventanas, ahí el armario de libros, y me eché en la 
cama a meditar. La estatua del siglo XIII del San Juan Bautista policromado del 
Museo Cluny me miraba con ojos lúcidos. Sonaron de nuevo las campanas. Pensé 
en el soplo teológico que animaba a la estatua del Bautista. El mismo soplo 
teológico que animó en su oración al pobre desconocido y a Dante, que paseaba de 
un lado a otro en figura, en aquellos días por esta misma calle infectada de hollín, 
moho, agua, chinos, japoneses, hindúes, ejemplares de todas las razas y todos los 
pueblos. 

Entre campanada y campanada también salió el canto de un coro de niños 
que duró pocos instantes. Pensé en Dios. Causa primera, causa final. La oscuridad 
entraba en mi carne, rodeaba mis huesos. Ah, ah, ah. Mi cuerpo y la tierra; mi 
cuerpo y la vida y la muerte. Pensé en los niños de la Edad Media. ¿Cómo reían, 
cómo cantaban? Hace pocos días he visto desfilar por el Boulevard a niños 
huérfanos de la guerra vestidos con delantales negros. Sus padres murieron por la 
República, y pensar que los hijos que dejaron no saben hacerse el signo de Dios. 
Ah, estos niños tan frágiles, que no gritan ni ríen, que impresionan como ángeles 
verdaderos, y que de pronto uno espera ver grabados en el cielo densamente gris y 
oírles cantar alabanzas al creador de todos los bienes. 

Ciudades, más ciudades. Mañana me iré a Bruselas con González Chaves. 
Ciudades, más ciudades. Y ciudades muertas según la imagen de las personas 
dinámicas. Pero de cualquier manera tengo que huir, huir de Teresa, de mi amor 
por Teresa. 

Ha entrado a mi habitación la alemana Renata Koch: 

—Tengo mucha alegría. He encontrado a un norteamericano que me ha 
dado dinero para curarme y aprender inglés. En cuanto sepa inglés me iré a vivir 
con él... — dice la alemana. 


Siento el mismo asco y malestar que aquella tarde que comí ostras en la casa 



del arquitecto rubio Benderzky; la misma repugnancia de la pornografía de ese 
imbécil sentimental. 

El arquitecto abrió las ventanas y dijo: 

—A eso llaman los franceses arquitectura. Tendríamos que llevarlos a la 
Avenida de Mayo para que aprendieran lo que es arquitectura. 

La alemana continúa narrándome sus aventuras, y luego me pregunta: 

— ¿Vélez anda ahora con una pintora que se emborracha? 

Miro a la calle. Llueve. Pasa una mujer de cabellos rojizos. El gris oscuro de 
las piedras, las canciones de los parroquianos del cafetín «El abate de la espada» 
mueven mi nostalgia y mi muerte. 

Mañana iré a Bruselas. Es preciso dormir. La alemana se ha marchado. Antes 
de acostarme miro la Torre Eiffel dibujada millones y millones de veces por los 
turistas ingleses. 

Es horrible; y aquella mujer de «Los Noctámbulos» que era estudiante de 
latín y vendía su carne, y que me dijo: 

—Tienes ojos de soñador. 

—Y los tuyos, ¿cómo son? —le pregunté. 

—Los míos ya conocen todo el bien y todo el mal. 

La estudiante podía decir en latín: vendo sexum. 

Sobre mi mesa hay un plato de porcelana con dibujos antiguos que tanto 
divierten al tarado que vive al lado de mi cuarto, y que siempre le pregunta a mi 
amiga Rambouillet: 

— ¿Ya se ha divorciado usted? 

El amor. Ah, ah, ah. Pero no, no es el amor; pienso en la barba siniestra del 
pintor uruguayo Planes, los pájaros graciosos del dibujante suizo, las torres, las 
ventanas, las cúpulas, las calles; todo muere en mi cuerpo y mi alma. La ciudad o 
lo esencial de la ciudad queda deshabitado. 



He visto el vuelo de los pájaros. Cae la noche, y en la noche el ramo de flores 
de aquel millonario colombiano ofrecido a la mujer que dibujaba con el lápiz rojo y 
negro el retrato de sus amantes. 

A estas horas es difícil hablarle a Teresa al «Grand Hotel». Ha salido con su 
familia o duerme. 

— ¡Eh, mozo, una botella de vino blanco! 

Ciudades y más ciudades. Teresa... 


[Publicado por primera vez en la revista Número, N. Q 21-22, Buenos Aires, 
octubre 1931] 



Conversación con Jacobo Fijman o el viaje hacía la realidad 

profunda 


Nota del 2 del 9 de 1998. Producción y reportaje: Vicente Zito Lema. 

—Abordemos la poesía, ese «fenómeno del estupor frente a la vida». ¿Cuál 
sería el elemento que la identifica? ¿Cómo se genera una vivencia poética? 

—Todo se acentúa en el alma. Todo se encuentra en el alma. Entonces el 
poeta a partir de la materia sensible, concretará el poema, que puede ser o no una 
total realización. Lo fundamental aquí es relativo y tengo miedo de profundizar en 
estos conceptos por las locuras que despierta. 

Las mayores dificultades que nos presenta la materia poética derivan de la 
falta del hábito de la interpretación. Es entonces que la búsqueda del rostro de la 
poesía y de las vivencias en que descansa ese rostro se enmascaran en un misterio 
que algunas, veces es beneficioso, pero que siempre daña. 

—Si admitimos que la poesía lleva al conocimiento, a la par de la razón, 
¿podemos reconocerle atributos de la ciencia sin que por ello pierda la naturaleza 
sensible que la distingue? 

—La poesía es ciencia. Algunos intelectuales la consideran corrió una 
categoría del pensamiento inferior. Sin embargo, la fundamenta todas las ciencias. 
La química sin poesía se convierte en una burda y peligrosa nada, y el ejemplo se 
extiende a cualquier disciplina. La ciencia es de Dios, y se la cuenta como uno de 
los dones del Espíritu Santo: pero el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu Santo son 
poetas. 


—Persiste en nuestras sociedades una grave e interesada confusión sobre la 
necesidad de la poesía y la función social del poeta. Este, día a día, ve cuestionada 
la dignidad que otras culturas se le reconocía como expresión de la eterna lucha de 
la vida contra lo inerte. Pese a ello, los poetas siguen creando y algunos, los más 
decididos en asumir la conciencia de la dignidad humana, enfrentan graves 
riesgos. ¿Qué debe entenderse hoy por ser poeta? ¿Acaso aceptarla marginación. 



desafiar la muerte? 


—Conforme la etimología de la palabra poeta: hacer o el que hace, el poeta 
es un hacedor de la más del cada materia. Debe ser entonces integrado en la 
categoría de lo Divino: el poeta es un Dios. 

Pero no confundamos a los poetas con los que escriben libros por vanidad o 
se doctoran en la carrera literaria: esos mismos que se prostituyen detrás de los 
premios o de las famas de cenáculos: esos pobres tontos que pretenden encerrar la 
poesía en un cofre, como si las palabras fueran simples joyas y no lo que son: la 
carnadura del alma. 

Esa gente no puede ser considerada realizadores de obras, creadores como lo 
entendían los antiguos gramáticos por ejemplo Donatus. Se olvida muchas veces 
que el poema para concretarse necesita de la intuición poética y ella presupone un 
estado despojado y muy humano del espíritu. ¿Y dónde veremos lo humano más 
que en el dolor ajeno? 

De todas formas ya no quiero hacer más cargos a esta sociedad. El Evangelio 
dice: «No juzgar». Además, ¿quién conoce a nuestra sociedad?, ¿o quién puede 
conocer otras manifestaciones que no sean las de su demencia y su congénita 
maldad? 

Buscar la verdad siempre es doloroso y el que no se anime jamás será poeta. 
Lo he escrito estamos en el mundo, pero con los ojos en la noche. 

—La verdadera poesía nos lleva como a niños de la mano hasta la reflexión; 
la intuición nos convoca al misterio ya partir de la emoción se amplía nuestra 
conciencia. Así como usted lo anunció hace años, será posible sentir «la luz entera 
de la mañana». ¿Sigue percibiendo la poesía de igual manera? ¿Hasta qué punto es 
superable la incidencia de la reclusión en el espíritu de un artista? 

—Persisto en entender la poesía como un estado de ánimo antes de la 
reflexión... y en la reflexión mi alma crece, se hace ligera... En cuanto a lo demás, 
me remito a la obra poética de Aristóteles; allí continúa estando la clave. En estos 
momentos de crueldad en que vivimos, y que anuncian tiempos de mayor 
desgracia humana, deberíamos resguardar todo lo referente a la poesía como un 
gran secreto, un secreto de Estado. Hay que prepararse para salvar la poesía de sus 
enemigos. 

Yo he tenido una infancia poética. Recuerdo que desde niño me llamaban «el 



poeta». Mi cuerpo, muy temprano, se acostumbró a alimentarse del dolor. Por eso, 
vivir en el hospicio no puede cambiar ni limitar mis sentimientos sobre la poesía ni 
dañar mi espíritu más de lo que por destino le fue reservado. Pequeño sería el 
artista que se dejara ganar por el sufrimiento. Por el contrario, a partir de allí 
comienza el trabajo. 

—Hablemos de sus libros, escritos hace casi cuarenta años y que con 
dificultad hemos podido rastrear en algunas bibliotecas. Usted publicó Molino 
rojo, Estrella de la mañana y Hecho de estampas. ¿Qué le recuerdan Cada uno de 
esos títulos? 

—Molino rojo me recuerda la demencia, el vértigo. Yo buscaba, 
precisamente, un título que significara esos estados de mi alma, y reparé de pronto 
en un molinito viejo que tenía en la cocina. Era de color rojo para moler pimienta, y 
vi en ese objeto todo lo que mi poesía quería expresar. 

Estrella de la mañana, en cambio, se refiere a mis estados místicos. Había 
sido recientemente bautizado convirtiéndome a la religión católica, y quise 
expresar con ese título la encarnación del Verbo. 

En cuanto a Hecho de estampas, yo trataba de volver a la filosofía escolástica 
y, fundamentalmente, a Aristóteles. Fue en esos días cuando hice una visita al 
Museo de Louvre y quedé muy impresionado por los maestros clásicos, 
especialmente por su pintura religiosa. Más tarde, cuando contemplé en Buenos 
Aires unas estampas muy finas de esos cuadros religiosos, los asocié a mis poemas 
había una misma intención final. 

— ¿Cómo ubica su obra en relación al momento social en que fue escrita? 

—Molino rojo aparece en tiempos en que se estaba preparando la revolución 
para tumbar al presidente Yrigoyen. Culturalmente, no existía nada, sólo el 
movimiento Martín Fierro. Era una época de pobreza atroz. Yo vivía simplemente 
por casualidad. Recuerdo que mi casa estaba cerca cae la del cantor Carlos Gardel, 
quien me quiso sobornar para que hablara bien de él, sabiendo que trabajaba en un 
diario, pero no lo hice porque era un gran pecador. 

Una vez me balearon desde la Escuela Militar. Pienso si mi internación en el 
hospicio no habrá sido una medida divina para que no me mataran... Yo por 
entonces amaba el ruido de las balas más que la Novena Sinfonía. Molino rojo 
tenía un título que atrapaba a los socialistas y anarquistas, ellos reaccionan 



instintivamente ante el color rojo. 


—Se notaba en la ciudad un estado de demencia genera, y en Molino rojo 
hay una intención que empieza por la demencia. Uno de los poemas dice: 
«Demencia, el camino más alto y más desierto...». 

—Cuando escribí Hecho de estampas estaba en París. Allí había estallado la 
guerra entre los monárquicos y los demás partidos. En el fondo, todos eran unos 
vagos y creo que por entonces en esa ciudad estaba prácticamente prohibido ser 
católico. 

Estrella de la mañana corresponde a la época más oscura que he conocido en 
este país. La gente era perseguida de la manera prevista en el Apocalipsis. 

—Usted integró el movimiento martinfierrista que recogió en su seno 
distintas concepciones del vanguardismo de la época. ¿Identifica su obra con 
alguna corriente poética? 

—No. lo mío está afuera de cualquier escuela literaria. Nunca seguí a nadie, 
aunque espontáneamente me considero un surrealista. Eso sí, distinto... Los 
surrealistas son auténticos poetas, pero blasfeman y tienen una raíz satánica. Hablo 
de los franceses, claro, porque aquí los que se llaman surrealistas, salvo unos 
pocos, parecen nacidos para coronarse detrás de algún escritorio oficial o 
esconderse debajo de la mesa. Después quieren disimularlo haciendo jueguitos de 
palabras... 

Recuerdo que en París conocí a varios de los fundadores del movimiento, 
aunque ya sus caras se me han borrado. Una noche nos citamos para leer poemas, 
estaban Bretón. Desnos, Éluard... venían a ofrecerme una recepción, pero alguien o 
algo hizo que se apagara la luz y no pudimos darnos ni las manos. 

Con Artaud también nos conocimos en un café, en la Coupole. Estuvimos a 
punto de pelearnos. Yo me identificaba con Dios y Artaud, con el Diablo. Sin 
embargo, le tengo aprecio. Un poeta tiene que estar al servicio de Dios y si no es 
preferible que sirva al Demonio. Lo más denigrante es tener un patrón humano. 

— Siento al conversar con usted la presencia simultánea de la oscuridad y la 
luz. Lo mismo me pasa con sus poemas. De niño, ese par de opuestos que siguen 
fascinándome los encontraba en la Biblia, aunque tomando aquí las apariencias del 
bien y del mal, surgiendo con imágenes bellas, pero también aterradoras. ¿Puede 
leerse la Biblia como un texto poético? 



—La Biblia es un libro de Dios y no tiene fondo. Aunque tampoco podrá 
negarse que el Apocalipsis es realmente un poema terrible. 

Roguemos que Dios no permita que cegados por la poesía transformemos 
nuestras palabras en blasfemias. 

—Usted no sólo escribe, también pinta. ¿Qué busca? ¿Cuál es el fin de su 

arte? 


—Escribo para que mis actos se ordenen con Dios. Buscando la verdad y no 
la oscuridad. Es decir, escribo para Dios y mi perfección. 

Dios, sencillamente lo aprueba. Y esto dicho en lengua baja, para que todos 
me entiendan. 

— ¿Y en cuanto a su pintura? 

— Entre mi pintura y mi poesía hay una sola mano. Por ello, las mismas 
concepciones. 

De niño me dijeron que sería un gran pintor, entonces quemé toda mi obra. 
Ahora, en el hospicio pinto para purificar mis sentidos, externos e interiores, 
únicamente así es válido pintar o escribir. Y hasta que aquellos que se dicen 
artistas no lo entiendan deberían dejar estas actividades, porque están mintiendo. 

El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad. 

—En sus pinturas y dibujos, cualquiera fuera el tema y como moviéndose 
tras una gasa, me parece descubrir siempre su rostro. Es como si no hiciera más 
que obstinados autorretratos. También me provocan un desconcierto ante el 
tiempo, como si las obras trajeran una antigüedad que nos pertenece. Estas son 
algunas de mis sensaciones. Me gustaría que usted hablara de las suyas y de las 
asociaciones que les provocan los colores, en especial el blanco, y el rojo, los que 
más abundan en sus trabajos. 

— Sabemos que los colores centrales son el violeta y el verde, y que los 
periféricos son el rojo, amarillo, el anaranjado y el azul. Así se sitúan ante mis ojos. 

Yo siento preferencia por el blanco y el negro. Me gustaba de joven ir 
vestido todo de negro y con guantes blancos. Son los dos primeros colores 
nombrados en el Génesis: «Separó Dios la luz de las tinieblas...». Amo el blanco. 



En el palacio del castigo los reos iban vestidos de blanco... El negro es melancolía. 
Lo opuesto del blanco y de la dicha. Yo vestía de negro porque no tenía por quién 
enlutarme. En cuanto al rojo. ¡Ah!, el accidente del aire fácilmente conjuga con el 
fuego. El secreto es saber cuál es el elemento. 

— ¿Veremos siempre en el negro un símbolo de la muerte y lo maldito? ¿No 
dejaremos de asociarlo con nuestra melancolía y la pena? 

—Dice San Agustín en la distinción que practica sobre el Génesis: «Y las 
tinieblas estaban sobre la faz del abismo...». 

Interpretaba así a los ángeles malditos, pero no siempre el negro será el 
rostro de la muerte y lo negado, podrá verse simplemente como color. La prueba 
está en las mismas Escrituras. Allí se lee: «negra soy pero hermosa». Los teólogos 
lo aplicaron a la Santísima Virgen, que también fue negra ¡y tan hermosa! 

Además, aquel que pregunta ya sabe. ¿Para qué difundir lo que los dos 
conocemos? 

—Hace un instante, mientras citaba a San Agustín, tuve presente una 
imagen que se reitera con frecuencia en su poesía: «La noche de los corderos». 
¿Cuál es su significado? 

—Hay tres noches. La primera corresponde a los sentidos externos; la 
segunda, a los sentidos internos, y la tercera noche es la del intelecto. Hay algo 
esencial para quien se presenta ante estas noches: la sinceridad. El pecador nunca 
dejará de serlo. 

Yo soy un muerto, pero vivo en Cristo. 

Los corderos significan la unidad divina. Cuando eran sacrificados en el 
Templo judío, debían tener siempre un año, para representar la unidad. ¿Quién te 
enseñó la física? Los egipcios. ¿Quién te enseñó la magia? Los caldeos. ¿Pero quién 
te enseñó el misterio de la unidad divina? El pueblo de Israel. 

—Mientras hablaba de su libro Estrella de la mañana usted citó su bautismo. 
¿Qué motivo la conversión de judío a católico? ¿Hay en este hecho, sin duda 
trascendente, una pista para mejor entender el desarrollo de sus mecanismos 
creativos y el giro que da en su poesía? 

— ¿Conocer la obra sin descender a lo más profundo del alma? Pero no se 



trata de una conversión de judío a católico. Es, simplemente, la aceptación de la 
religión católica, apostólica y romana. Porque lo de judío no se pierde. 


Esta particular conversión es una concesión de gracia. Dios, estoy seguro, ha 
encontrado méritos para concederme ese conocimiento y esa fe. 

—Recuerdo que me contó que había sido violinista. ¿Cómo relaciona la 
música con su poesía? 

— Especialmente en la medida. Mi poesía está totalmente medida y de una 
manera que la acerca a lo musical. 

En Molino rojo hay gran influencia de la sonata de Corelli La locura. Esta 
sonata tiene dos formas de ejecución El loco y La loca, según sea hombre o mujer el 
ejecutante. 

En Hecho de estampas hay influencia de los cantos gregorianos. Estrella de 
la mañana, a su vez, sigue la medición del latín clásico, que es toda música. 

—Hay en su obra, especialmente en sus primeros poemas publicados, una 
constante referencia a la locura. Incluso la invoca como si fuera el camino para 
cumplir su destino, «el camino más alto y más desierto». ¿Porqué esa invocación? 
¿De qué demencia se trata? 

—Me refiero a la demencia en el sentido más total, absoluto. Hay formas de 
la demencia que obedecen a los nervios centrales y otras a los nervios periféricos. 
Pero también puede ser un castigo. El que va a nacer elige ser bueno o malo. Eso se 
da hasta con las vacas. 

También es cierto que la mayoría de los demonios tienen la médula 
desviada. Cualquier enfermedad, aun el cáncer, es estado de locura. Los médicos 
tendrían que seguir a fondo las enseñanzas de Hipócrates, que curaba hasta con el 
fuego. ¡Y pensar que incluso hay gente que se alegra de estar loca! 

La demencia debe ser vista desde un punto de referencia moral. A esa pobre 
gente que está en el hospicio habiendo pasado por lo más horrible habría que darle 
buena comida (aquí la comida es pésima), y enseñarles a sentarse en la mesa, a no 
robar, a no blasfemar... Hay que cambiar, fundamentalmente, la higiene. Es que el 
hambre, el abandono, la suciedad, las humillaciones, contribuyen al deterioro sin 
tregua de la criabira humana, de su cuerpo y de su alma. 



Es cierto, en mi poesía invocaba la locura. Aquí se conoce la locura. 


—La relación entre el arte y las crisis espirituales más profundas, esos 
estados que suelen calificarse de locura o demencia, continúa siendo un misterio 
de difícil revelación. En su criterio, ¿en qué medida la enfermedad mental puede 
influir en una obra artística? 

—Corelli escribió su sonata La locura después de estudiar durante años esas 
enfermedades. Y cuando terminaba de tocar la sonata en su casa salía a la calle a 
conocer a la gente, viendo con tristeza que la mayoría estaban locos. 

Yo he investigado el alma, también la psiquiatría. Y sé que los ciegos y 
sordomudos son dementes. Que los muy ricos y los que llevan uniformes son 
dementes y peligrosos. Y que los que visten sotanas y se llaman hijos de Cristo son 
los más dementes, hipócritas y demoníacos de todos. 

En cuanto a mi obra, los médicos dicen que no hay en ella signos de 
enfermedad. Y aunque no es gente de gran entendimiento, en esto no se equivocan, 
ya que no hay en mi poesía nada en contra de la gramática. Pero a la vez presiento 
que en la poesía y en la locura hay un mismo soplo... 

— ¿El soplo de la inocencia? 

— ¡Y del espanto! 

¿Qué piensa de la obra de Artaud, de Lautréamont, de Nerval? 

—En Artaud la enfermedad influyó en contra de su obra. Pero él no podía 
alejarse de la locura, era la locura de Satán. 

Si Artaud hubiera estado sano habría estudiado la escolástica, ¡hay que 
estudiar! 

El Conde de Lautréamont era un loco perverso. Yo leí su obra y supe de su 
vida viviendo en el Uruguay. ¡Qué hombre pésimo! Se habla entregado a los vicios 
y hacía con ellos poesía. Era un monstruo. Sólo en él había locura, la del lobo que 
roe la frente. 

Nerval en cambio era bueno. Pero se ahorcó de un farol. Le gustaban las 


manzanas. 



Lautréamont y Artaud me angustian. Su psicología es la de los vagos Yo 
estaba atraído a ser como ellos, pero me salvé con la misa y los libros santos. 

—Lautréamont y Artaud también sufrieron. Pareciera que en sus vidas no 
hubo mucho más que dolor. Y ese dolor lo convirtieron con extraña belleza, 
quemándose en su propia conciencia, en poesía. 

—No debemos confundirnos. El sufrimiento de los viciosos no es noble, está 
muy alejado del de los mártires de Dios. 

—Me cuesta diferenciar en el sufrimiento y distinguir quienes son los 
verdaderos mártires, los de Dios o los de los hombres. Pero además, ¿no cree que 
esa exaltación angustiosa de lo siniestro que encontramos en Artaud y más 
marcadamente en Lautréamont, adquiere finalmente un sentimiento místico, si aun 
se quiere culturalmente religioso? 

—Lautréamont no tenía nada de religioso. Era un muerto, como diría un 
teólogo moralista. 

Es cierto que no supo más que de penas, pero no pudo dar con la contrición, 
ese dolor perfecto ni con la trición (?), ese dolor imperfecto al que se entregan los 
pecadores arrepentidos para que se les restituya a la primera gracia y continuar 
una vida penitencial, hasta arraigarse en un estado de paz y esperar la buena 
muerte. 

Pero él no da señales de haber tenido ninguna instrucción religiosa: aunque 
nombre mucho a Dios, que lo pudiera llevar a la salud espiritual. 

— ¿Usted no quema sus años en este hospicio por buscar su verdad absoluta, 
ese Dios que lo convierta en el mismo Dios? Pienso que Lautréamont no hizo en su 
corta vida con su obra otra cosa que mostrar su desesperada necesidad de amar. 
Injuriaba a Dios porque lo llamaba en el amor. Exaltaba el mal porque no 
soportaba la hipocresía del bien. 

—Tiene pasión por Lautréamont, ¿no es así? 

—Los Cantos de Maldoror marcaron desde muy temprano mi espíritu. Diría 
más: mi creencia de que la poesía es la posibilidad del hombre para vencer el 
miedo a la locura y a la muerte surgieron tras la lectura de ese libro. Voy a decirle 
algo que lo hará pensar. Es un secreto que he mantenido hasta hoy. Yo, a pesar de 
todo, quiero al conde de Lautréamont y lo voy a ayudar. Y él me conoce. Como 



juez he tenido que verlo. Me pidió que no lo olvidara, que intercediera por él ante 
Dios, que es mi amigo. 

Hace un tiempo nos encontramos en otra región. Cuando lo vi estaba como 
despojándose del sueño, con agua y con algas, pero no con peces. Los peces se 
habían ido. Se mantenía muy quieto, acostado en el mar. Yo caminaba sobre las 
aguas y lo llamé: «Lautréamont, Lautréamont —le dije—, soy Fijman». 

Él se acercó y dijo que me quería, que seriamos muy amigos ahora en el mar, 
porque los dos habíamos sufrido sobre la tierra, Pero no lloramos, nos abrazamos y 
permanecimos una eternidad en silencio. 

— ¿Recuerda cómo era? Nadie pudo hablar de él con exactitud, y hasta se 
duda que haya vivido. 

Tenía ojos celestes de gato. Alto, varios metros. La piel azul y la manos 
huesudas. 

—Yo soñé una vez que tenía colmillos y plumas hasta los tobillos. 

— Sí, fino elegante, pero con una dentadura tremenda, probablemente un 
vampiro. Debe estar ahora no en el Infierno sino en el Hades que es el reino de la 
muerte. 

— ¿Cuál fue el peor de sus pecados? 

—La soberbia. Se negó a ser un niño. Es lo que deduzco de sus escritos, 
donde se hacen sentir su soledad y su desesperanza. 

—Duele estar solo, mientras el corazón se apaga... 

—Yo también lo estoy, aunque pienso que he encontrado a usted una buena 
amistad. Somos amigos, ¿no es así? 

—Para mí usted es un maestro al que respeto porque se consume en su 
propio desierto, ¿me entiende? Y he llegado a quererlo mucho. 

— ¿Puedo pedirle un favor? 


-Sí. 



—Sé que dentro de muy poco me voy a morir. Ya soy viejo y he sufrido lo 
suficiente. Pero tengo miedo de lo que me espera. No de la muerte, porque ya 
estoy muerto en Cristo, sino de que me abran la cabeza como hacen con todos los 
internos... ¡No quiero presentarme ante Dios cuando resucite con el cerebro 
dañado y chorreando sangre! Mi vida ha sido el estudio, la poesía; quiero estar 
hermoso, digno... Además va a estar ella, la Virgen, la única que no se burló de mi 
amor ni me rechazó... ¿Se ocupará de mí cuando muera? Sáqueme a toda prisa de 
la morgue. No deje que me destrocen, ¿me lo promete? 

—Se lo prometo... 

¿Recuerda que escribió «es muy larga la noche del corazón»? 

—Fue hace unos años... Nunca imaginé que duraría tanto esa noche: 
tampoco que serían mis días los de un poeta en el hospicio. 


[Hospital Borda, noviembre de 1968]